Blog de temática preferente pero no exclusivamente bélica que se fijará sobre todo en los episodios que tuvieron lugar en Andorra y cercanías durante la Guerra Civil española, la II Guerra Mundial y la postguerra, con ocasionales singladuras a alta mar, ultramar y si conviene más allá.
[Fotografía de portada: El Pas de la Casa (Andorra), 16 de enero de 1944. La esvástica ondea en el mástil del puesto de la aduana francesa. Copyright: Fondo Francesc Pantebre / Archivo Nacional de Andorra]

lunes, 30 de junio de 2014

Josep Ferrándiz, veterano de la guerra de Ifni: "'Tómate unos vinos conmigo', me invitó; Ortiz de Zárate era un hombre exquisito, especial"

A difrencia de Josep Maria Contijoch, que aterrizó en Ifni por cortesía del servicio militar, Josep Ferrándiz García (Barcelona, 1935) llegó al territorio a principios de 1957 con la Segunda Bandera Paracaidista, la Roger de Lauria. Se había enrolado en agosto del año anterior, atraído por la aventura y por los vistosos uniformes que vestían los veteranos del cuerpo, y con la idea de esquivar el destino -montaña en Jaca- que le había tocado en el sorteo de quintos. Una repentina enfermedad paterna lo obligó a regresar a casa justo en noviembre de 1957, a pocos días de estallar la revuelta: se ahorró la invasión y las operaciones iniciales. Su compañía, la 7a, formaba el grueso de la desgraciada columna de Ortiz de Zárate y protagonizó el 29 de noviembre la Operación Pañuelo, el primer salto de guerra del paracaidismo español, sobre la posición de Tiliuin: "Me habría tocado, seguro", dice Ferrándiz. Regresó a Ifni a mediados de diciembre, a tiempo para participar en febrero de 1958 en la Operación Pegaso, la reocupación temporal de los fuertes de Tabelcut y Erkun, una maniobra de distracción para evitar que el Ejército de Liberación trasladara parte de sus efectivos al Sáhara. Ferrándiz ganó en Ifni una Cruz Roja al mérito militar por evacuar desde el frente a un camarada herido. El resto de la guerra lo pasó en misiones de protección de los convoyes que llevaban pertrechos y provisiones al perímetro defensivo de Sidi Ifni, y estacionado en Buyarifen, estratégica posición al norte de la capital: "Dormíamos al raso, y por las noches salíamos a hostigar a los moros", recuerda. "La invasión fue para nosotros una sorpresa. Había habido incidentes en el interior, pero en Sidi Ifni las cosas estaban tranquilas. No se nos permitía entrar en los cafés moros, por precaución, pero sí que pululábamos por el zoco. Armados, por supuesto, porque de aquella gente nunca llegué a fiarme. Todo era 'Paisa, yo amigo', 'Paisa, yo he servido con Franco'... Demasiado amigos, la verdad". Tras la guerra siguió un período de guarnición: instrucción, saltos, marchas y guardias en los puntos estratégicos de la capital: aeropuerto, depósito de agua, central eléctrica... Como se licenció en 1959, todavía tuvo tiempo de desfilar el 1 de abril de 1958, Día de la Victoria, por el paseo de la Castellana: "Fue el primer día que vimos un Cetme".


Ferrándiz se alistó en agosto de 1956; tras la instrucción en Alcantarilla y Alcalá de Henares, fue destinado a la7a compañía de la Segunda Bandera Paracaidista, al mando del capitán Sánchez Duque y donde coincidió con el teniente Ortiz de Zárate. Participó en febrero de 1958 en la Operación Pegaso, la reocupación temporal de los fuertes de Tabelcut y Erkun, donde tuvo lugar el segundo salto de combate del paracaidismo español, a cargo de la Primera Bandera, la Roger de Flor. Fotografía: Presència.


-¿Por qué se enroló en los paracaidistas? ¿Tradición militar, quizás?
-En absoluto. Tenía 21 años y tenía que hacer la mili. Incluso me habían sorteado. Me había tocado montaña, creo que Jaca. En fin, que un día, paseando por las Ramblas, me crucé con un soldado que llevaba un uniforme flamante: todo verde y la boina negra. Me llamó tanto la atención que lo abordé: "Soy paracaidista en Alcalá de Henares", me contó. "Si quieres apuntarte, hay un banderín de enganche aquí mismo". Se refería al gobierno militar, que está al final de las Ramblas. Y para allí me fui, sin pensármelo dos veces. Y en agosto de 1956 estaba en Alcalá. Tenía 21 años.

-¿Cómo se había ganado la vida hasta entonces?
-En un taller de marroquinería donde fabricábamos bolsos y maletas de cuero. La instrucción la impartían en Alcantarilla, Murcia, donde se encontraba la escuela de paracaidistas, que había abierto en 1954; nosotros casi estrenamos las instalaciones. El artífice fue el comandante Pallás Sierra, que procedía de la Legión -como la mayoría de los primeros paracaidistas. 

-¿En qué consistía la instrucción?
-El ejercicio básico consistía en saltar desde la torreta, que era lo que su nombre indica, una torre metálica desde la que tenías que lanzarte como si llevaras puesto el paracaídas. Te dejaba sin respiración y las primeras veces impresionaba de verdad. Sólo cuando dominabas este ejercicio te permitían saltar desde el aire. Superado el cursillo te daban el roquisqui, el emblema de la bandera, unas alas con el paracaídas desplegado en el cuerpo central. Todavía lo llevamos en la americana.

-¿Había muchos catalanes, en los paracaidistas?
-Muchos. Y la mayoría éramos civiles, aunque claro, también había muchos legionarios: Ortiz de Zárate, que era mi teniente; el capitán Sánchez Duque, el también teniente Calvo Goñi...

-¿Cuántos años permaneció en el ejército?
-Tres: me licencié en agosto de 1959. Llegué a Barcelona y claro, no me apetecía reincorporarme a mi antiguo oficio, así que a través de un conocido de mi padre que trabajaba en el Banco de Bilbao ingrese en el banco, donde me quedé hasta la jubilación.

-¿Cómo y cuándo llegó a Ifni?
-Yo pertenecía a la 7a compañía de la Segunda Bandera Paracaidista, la Roger de Lauria. Al mando estaban el capitán Sánchez Duque y el comandante Pallás Sierra. Llegamos al territorio meses antes de que estallase la guerra; debió ser hacia enero de 1957. Así que cuando la cosa se puso fea ya éramos unos veteranos. Habíamos estado de guarnición en gran parte de los fortines de interior. Al capitán lo apreciábamos, a pesar de que venía de la Legión y había estado en la División Azul. Era un tipo de una pieza, como Dios manda: duro y estricto, pero un padre para nosotros.

-¿Cuál era la rutina diaria prebélica?
-Instrucción y saltos. Recuerdo una marcha a pie casi hasta la frontera con Mauritania, y un salto sobre Tiliuin. Con el calor que hacía nos habíamos terminado el agua de la cantimploras mucho antes de llegar e íbamos cayendo como moscas. El capitán mandó venir a los camiones desde Sidi Ifni para recoger a los que no podían continuar. Y la bautizó como la marcha de los hombre lechuga.

-La invasión del 23 de noviembre, ¿dónde lo sorprendió?
-Dio la casualidad de que pocos días antes el teniente García Andrés, el Bigotes, me hizo llamar: resultó que habían recibido un telegrama desde Barcelona, y que mi padre estaba muy enfermo. El caso es que me dieron permiso para ir, 45 días, aunque la cosa se estaba poniendo fea y se veía venir que habría jaleo. Tuve que espavilar para encontrar vuelo: le expliqué el caso a un capitán que estaba a punto de despegar con su Heinkel hacia las Palmas, y me hizo un hueco... ¡en el depósito de las bombas! Y me puso una condición: que levara conmigo mi paracaídas.

-Así que se perdió la guerra, como Cómodo cuando llega a Germania...
-Una vez en Barcelona vi que mi padre estaba grave, pero como no se podía hacer nada me volví al cabo de unos días: de Barcelona a Sevilla, de Sevilla a Málaga y de Málaga a las Palmas. Ya había empezado el follón y allí es donde me enteré de que habían caído el teniente López de Zárate y el cabo primero Civera Comeche, compañeros míos. Si no hubiera ido a Barcelona hubiera estado en esa misma acción, porque fue mi compañía a la que ordenaron socorrer a los sitiados de Tiliuin. Después de la emboscada pudieron refugiarse en el fuerte, y fue allí donde Sánchez uque dirigió el primer salto de combate del paracaidismo español. Me perdí las dos acciones, pero no la guerra: como no consumí todos los días de permiso, llegué a tiempo de ver a Carmen Sevilla y a Gila.

-¿En qué operaciones participó?
-Sobre todo, convoys para llevar pertrechos y alimentos a los que combatían en primera línea. En uno de ellos estalló una mina justo después de pasar mi camión. Dieron al que iba detrás de nosotros, y resultaron heridos un teniente y un soldado. También tomamos parte en el salto sobre Erkun, el segungo de la guerra y de la historia de los paracaidistas, en la Operación Pegaso.

-Recuerde esa acción.
-Lo pasamos realmente mal. Los que estuvimos en el fregado fuimos la 6a Bandera de la Legión, un tabor de Tiradores y las dos banderas paracaidistas. Se trataba de limpiar los reductos que quedaban. La Primera Bandera tenía que saltar, y los otros avanzar por tierra. La Legión sufrió bastantes bajas. Iba al lado del capitán Sánchez Duque, y en un momento dado cayó herido un compañero que no era de mi compañía; debía ser de la 6a o de la 8a. El caso es que como no había ningún sanitario ni ningún mulo, el capitán me ordenó evacuar a aquel hombre. Yo solo. Tenía la sensación de que en cualquier momento aparecería un tío y nos dejaría secos de un tiro, pero no, tuvimos suerte y pudimos llegar a nuestras líneas. Una vez en Sidi Ifni, en el cuartel, cuando me quité el traje de faena tenía toda la espalda del mono empapada de sangre de aquel pobre tipo. Ya de vuelta a la Península, el capitán hizo una gestión y me concedieron la Cruz Roja al Mérito Militar. Debió de ser de las últimas, porque la Roja sólo se da en tiempos de guerra; en tiempos de paz es blanca.

-¿Hicieron prisioneros?
-Creo que sí, porque conservo fotografías del estado mayor en que se ve un grupo de hombres con chilaba, aunque al encargarme del herido perdí contacto con la compañía. Se los trataba correctamente, pero también le diré que en los primeros días, cuando empezó el sarao y se decretó el toque de queda, pobre del que pillábamos por la calle: se arriesgaba no diré que a un tiro, pero si a un buen palo.

-¿Y después de Erkun?
-Lo gordo ya se había terminado. Lo de después fueron simples escaramuzas. Estuvimos una semana por la parte de Buyarifen, durmiendo al raso, sin tiendas de campaña ni nada; por la noches hostigábamos al enemigo. Existe una fotografía donde se nos ve hechos unos zorros, más sucios que la tiña, después de una semana sin agua: sirvió de portada para Guerra de Ifni: las banderas paracaidistas, el libro de Alfredo Bosque Coma. Luego, rutina: vigilancia del aeropuerto, del depósito de agua y de la central eléctrica.

-Para los que estaban en Ifni antes del 23 de noviembre, la guerra, ¿se veía venir?
-La verdad es que los meses anteriores hubo mucha calma. Si que tuvimos el incidente de Igurramen: el 16 de agosto la 6a, la 7a y la 10a compañía salimos de marcha hacia Mesti, y al llegar a cierta colina desde lo alto nos atacaron con fuego de ametralladora. Fueron los primeros tiros Ifni, que yo sepa; no sé si en Cabo Juby ya habían tenido algún encontronazo. En las calles de Sidi Ifni se respiraba una calma por lo menos aparente; no entrábamos en los cafetines porque no lo teníamos permitido, pero sí en el zoco. Aunque no iban armados, no nos acabábamos de fiar. Lo cierto es que se te acercaban y todo era: "Yo, amigo, yo he servido con Franco, yo no sé qué..." Todos eran muy amigos. Demasiado, incluso. Nunca me gustaron.

-Pero la invasión, ¿se veía venir? ¿O los cogió desprevenidos?
-A mí de dejó de piedra. Nunca me lo había imaginado. Y por lo que parece hubo un chivatazo, que si no, nos cogen en pelotas.

-¿Se quedó en Ifni, tras la guerra?
-En abril de 1958 fuimos a Madrid para el desfile de la Victoria. Nos dieron una semana de permiso y a la vuelta al cuartel, en Alcalá, el teniente coronel Crespo del Castillo nos comunicó que algunos de nosotros se quedarían en la Península y otros volverían a Las Palmas. A mí me toco Las Palmas. Me quedé en las Reollas hasta que me licencié, en 1959.

-¿Por qué se licenció?
-Había visto suficientes desgracias.

-¿Qué opinión le merece el equipo con el que combatió el ejército español en Ifni? Se dice que hubo soldados que calzaban alpargatas de esparto.
-Quizás en la Legión. Nosotros, seguro que no, porque usábamos las botas de salto reglamentarias; la de paseo era una bota de lona, con suela de goma, muy práctica. Nada de alpargatas.

-Pero, ¿vio usted a legionarios con alpargatas?
-No lo recuerdo; quizás en el Sáhara.

-¿Y las armas? ¿Usaban todavía el Máuser?
-El Máuser no era mal rifle, el arma personal dl, 7,92 milímetros... Pero era un Máuser. La ametralladora era una buena arma, y del subfusil, creo que era el Z45, lo que fallaba era el culatín; luego estaban las granadas de mano, que eran de baquelita. El problema es que los americanos sostenían que como aquella era una guerra colonial no podíamos utilizar su armamento, mucho más moderno. Lo único de origen yanqui que usábamos era el casco.

-¿Llegó a ver desplegado el Cetme?
-Nos lo repartieron en el desfile de la Victoria, pero no llegamos a disparar jamás un tiro.

-La sensación que tenían, ¿era que estaban bien entrenados y bien pertrechados?
-Creo que sí. Y tanto los mandos como los soldados estuvieron a la altura. Por lo menos, los paracaidistas. Porque yo he visto a legionarios desertar.

-¿Echó de menos algún tipo de armamento?
-Los Heinkel nos fueron de mucha utilidad, pero creo que fue el último día en Erkun, precisamente, que nos bombardearon... ¡a nosotros! Conservo una espoleta que me quedé como recuerdo. Y luego estaba el Canarias, que pegaba unos zambombazos tremendo y tenías el resquemor de que le hubieran dado las coordenadas erróneas y el pepinazo cayera sobre nosotros.

-¿Cuántos saltos realizó?
-Diecinueve.

-¿Algú recuerdo especial de Ortiz de Zárate?
-La 7a compañía de la Segunda Bandera, que era la nuestra, fue de las que más sufrió, aunque todos los paracaidistas tuvimos bajas. Él era un hombre espléndido, que venía de familia de militares. Recuerdo una guardia, yo estaba en la puerta del cuartel y oigo que me llaman: "Ferrándiz, ven un momento". Era Ortiz de Zárate. Entro y me encuentro en la mesa dos botellas de Rioja y dos vasos. "Tómate unos vinos conmigo, me invitó. Un hombre exquisito, diferente.

-Desde que regreso del permiso para ir a ver a su padre enfermo, ¿volvió a la Península en alguna otra ocasión?
-Los permisos se acabaron con la guerra. Estábamos en Ifni como quien dice arrestados.

[Esta entrevista se publicó extractada el 1 de junio de 2007 en el semanario Presència]





domingo, 29 de junio de 2014

El enigma de los zapadores (con un final tirando a triste)

El bibliófilo Casimir Arajol localiza una serie de fotografíes de un destacamento del cuerpo de ingenieros desplegado en Andorra probablemente a finales de los años 30; es la primera vez en que se documenta la presencia militar francesa en el país.

Sabíamos de la presencia de los gendarmes de Baulard. Y en dos tandas: el tenso verano de 1933 y durante la Guerra Civil. Ya saben: para prevenir las tentaciones anexionistas de los contendientes. Sabíamos también de las esporádicas y clandestinas incursiones de la Gestapo en los difíciles años de la II Guerra Mundial -recuerde el lector la captura de Eduard Molné y los cuatro militares polacos perpetrada en octubre de 1943- y sabíamos por Claude Benet que patrullas alemanas acostumbraban a visitarnos de estrangis, y que tenían especial querencia por la Vall d'Incles, donde da noticia de mas de un avistamiento -¡cómo si estuviéramos hablando de Ovnis! Por no hablar de los soldados de la Werhmacht que Paul Barberan, el "contrabandista feliz" rescatado del olvido por Sala Rose en El marqués y la esvástica, solía contratar como paquetaires -que es el sonoro nombre como por aquí arriba se conoce a los porteadores, especialmente cuando se dedican a contrabandear: por el paquet, el inmenso fardo que cargaban a la espalda. Ni la estupenda instantánea de Francesc Pantebre que ejerce de pórtico de este blog, con la esvástiva ondeando en el mástil de la aduana francesa del Pas de la Casa: era el 16 de enero de 1944. Y tenemos finalmente la imagen de los requetés navarros en la Farga de Moles, recién terminada la Guerra Civil, y la de los guardias civiles que Franco empaquetó hacia Andorra durante la guerra mundial para marcar bíceps. Pero nunca, jamás hasta ahora habíamos visto un destacamento militar campando alegremente y abiertamente por aquí. ¿Quiénes son, estos soldados de aquí al lado? ¿Cuándo vinieron? Y sobre todo, ¿para qué?

Estupenda instantánea del grupo de militares franceses pertenecientes al 28º regimiento de ingenieros en la aduana francesa del Pas de la Casa; el primero, el tercero (con sus galones de soldado de primera, matiza a historiadora Amparo Soriano) y el cuarto por la izquierda aparecerán en varias de las fotografías de la serie. Compárece con la imagen tomada por Francesc Pantebre el 16 de enero de 1944, con la esvástica ondeando en el mástil, que sirve de pórtico a Pirineos en Guerra. Fotografía: Colección Casimir Arajol.

Nieve, esquís y, al fondo, lo que parece en opinión de Canturri, Arajol y Lacueva el refugio de Envalira, en las primeras rampas del puerto. Fotografía: Colección Casimir Arajol.

Una cara conocida, en la carretera de la Massana, tras los túneles de Sant Antoni: a la izquierda de la imagen, la Serra de l'Honor; a la derecha, el Pui de la Massana. Fotografía: Colección Casimir Arajol.

Otro de los protagonistas habituales de la serie, en la plaza Rebés de Andorra la Vella; a la derecha de la imagen, la desaparecida terraza de Casa Rebés, que da nombre a la plaza; al fondo, la estafeta de Correos, y detrás, la Poste. Fotografía: Colección Casimir Arajol.

Los ingenieros ejercen de lo que son. O por lo menos, lo simulan: trepando por un poste de telégrafos en algún punto entre la Aldosa y Anyós, con el Casamanya al fondo. Fotografía: Colección Casimir Arajol.

Turismo cultural: en el rótulo bajo la cubierta de Sant Miquel d'Engolasters se lee: "Llac d'Engolasters". La puerta de la iglesia se encuentra hoy bajo los soportales; ésta se había abierto en 1902 y se cegó con la restauración del templo. Fotografía: Colección Casimir Arajol.

De nuevo camino de la Massana, una vez superados los túneles de Sant Antoni; pero ahora, con estos dos misteriosos figurantes que no pertenecen al grupillo de amigos que suele aparecer en las fotografías: ¿quiénes eran? Fotografía: Colección Casimir Arajol.

Ante el hotel Paulet de Escaldes, en un momento de distensión. En la fachada, entre las ventanas, puede leerse: "Hotel Paulet (Banys)". El rubio que asoma la cabeza no se ha perdido casi ninguna de las fotografías. Fotografía: Colección Casimir Arajol.

En el lago de Engolasters, probablemente el mismo día que se fotografiaron en Sant Miquel. Atención a las vías del primer término, que servían a las vagonetas de Fhasa, la eléctrica propiedad de Miguel Mateu que durante la Guerra Civil Franco amenazó con bombardear -cuenta Amparo Soriano en Andorra durant la Guerra Civil espanyola- si no cesaba de suministrar fluido a las fábricas catalanas. Fotografía: Colección Casimir Arajol.

Sobre esta fotografía no hay acuerdo: Arajol y la historiadora Lourdes López opinan que se trata del puente de Aixovall, desaparecido con las inundaciones de 1982; Canturri se decanta por el vecino puente de la Margineda, mientras que la también historiadora Ludmilla Lacueva tercia en el debate e introduce una tercera opción: el puente de la Tosca, en Escaldes. Vecino, por cierto, del hotel Paulet. Fotografía: Colección Casimir Arajol.

Este documento gráfico excepcional es uno de los últimos tesoros desenterrados por el bibliófilo y coleccionista Casimir Arajol: medio centenar de minúsculas fotografías en blanco y negro -7 por 4 centímetros- con una sola y lacónica leyenda -"28eme Génie"- y un montón de enigmas por resolver. El mayor de todos: ¿cómo es posible que no hubiera quedado constancia en ningún lado de la presencia de este destacamento francés en suelo andorrano? Es evidente que pertenecen a una unidad de ingenieros. Sí, pero, ¿a cuál? ¿Al 28º regimiento? ¿Al 28º batallón? ¿O al 28º de transmisiones? ¿Fueron destinados a Andorra durante la Guerra Civil? Si es así, ¿cuándo? ¿Al principio? ¿Ya avanzada la conflagración? ¿O más probablemente, hacia el final? Si compartieron escapada andorrana con Baulard y compañía, que no abandonaron el país hasta agosto de 1940 y a instancias de Franco, ¿por qué no aparece ningún gendarme, en las fotografías? ¿O es que quizás aparecieron por Andorra una vez terminada la Guerra Civil y cuando la mundial era todavía una drôle de guerre, la guerra de mentirijillas que terminó abruptamente en mayo de 1940 con la invasión nazi de Francia?
Hay que ver cómo son las cosas: le solicitamos al historiador Pere Canturri que eche un vistazo a las fotografías. Y resulta que el que nos responde no es el historiador sino el niño Pere, que recuerda -¡bingo!- la presencia en los estertores de la Guerra Civil de un batallón de zapadores alpinos. ¿Nuestros ingenieros? Muy probablemente, opina: de hecho, el 28º du génie, formado en 1929 y acuartelado en Montpeller, estaba adscrito a la 28ª división de infantería alpina. Así que todo cuadra. O lo parece, por lo menos.
Canturri era entonces Pere, ya se ha dicho: un niño de 4, quizás 5 años, y se le quedó clavada en la retina la imagen de una hilera de soldados que descendían esquiando desde lo alto del puerto de Envalira hacia el Pas de la Casa. ¿Y qué hacía él en el Pas, donde en los años 30 se levantaban a lo sumo media docena de cabañas de madera? Pues ayudar a su abuelo, que atendía el refugio Calones, el primero que abrió las puertas en el poblado. Iban camino de Hospitalet o, quizás, Ax-les-Thermes: "Hasta recuerdo el nombre del oficial que estaba al mando, porque se llamaba igual que yo: Pierre. Y eso a un chaval lo impresiona". Dice Canturri que debieron llegar al país hacia el final de la Guerra Civil, en un momento en que la proximidad del frente -con los nacionales presionando por la parte del Pallars- hacía poco recomendable circular por la zona fronteriza. Los ingenieros, continúa, tenían la misión de asegurar las comunicaciones con Francia. Sobre todo, el correo, que en tiempos de paz y en pleno invierno, mientras el puerto permanecía cerrado, se distribuía pasando primero por España. Con las comarcas del Pallars, el Alt Urgell y la Cerdaña convertidas en escenario bélico, Envalira se convirtió en la única puerta de entrada a Francia. Formidable, sí, pero no infranqueable, como los paquetaires habían demostrado en tiempos de paz, y como comprobarían enseguida los miles de fugitivos de la Europa ocupada por los nazis que desfilarían por Andorra durante la inmediata guerra mundial.

Tambores de guerra
No es la memoria de Canturri la única que habla; también la fotografia de aquí arriba en que se intuye a un grupo de militares en un entorno nevado y que él mismo y también Arajol identifican con el refugio de Envalira. Y la historiadora Ludmilla Lacueva, que recuerda que el refugio se abrió en 1933. Pero lo cierto es que el resto de las imágenes nos presentan a un puñado de hombres -casi siempre los mismos, con alguna variación- en escenas campestres: en Sant Miquel d'Engolasters, en el lago -atención a las vías de las vagonetas de Fhasa en primer término-, paseando por la plaza Rebés de la capital, o en la salida de los túneles de Sant Antoni, camino de la Massana. También nos los encontramos descansando ante el hotel Paulet de Escaldes -Canturri opina que estaban acantonados en Hospitalet y que iban y venían, pero que probablemente de vez en cuando hacían noche en el país: ¿por qué no en el Paulet?- y, atención, trepando por un poste de telégrafos en algún lugar entre la Aldosa y Anyòs, con el Casamanya al fondo, porque es posible, añade, que una de sus ocupaciones habituales fuera el mantenimiento y reparación de la línea.
En fin, que se les ve distendidos y sonrientes, un grupo de amigotes de excursión más que en misión militar, hecho que parece corroborar la hipótesis de que nos encontramos todavía en los meses finales de la Guerra Civil y que la mundial es una posibilidad, sí, pero todavía lo suficientemente remota como para que tengan el tiempo, las ganas y el humor de hacer turismo y pasárselo razonablemente bien. La historiadora Amparo Soriano -máxima autoridad en estos fascinantes años: Andorra durant la Guerra Civil espanyola, no se lo pierdan- comparte la hipótesis de Canturri: el caos y el interregno que precedieron y acompañaron a la derrota republicana, el fuerte despliegue militar que siguió a la victoria nacional y, sobre todo, la presión a que Franco sometió a Andorra a cuenta de los convoyes de alimentos que había hecho llegar durante la Guerra Civil -Mateu mediante- debieron aconsejar al gobierno francés que prescindiera temporalmente de la (dudosa) buena voluntad española para asegurar las comunicaciones con el país.
Desconocemos en fin cuánto tiempo se quedaron por aquí nuestros zapadores, y cuándo se marcharon para no volver. Es probable que esto ocurriera como muy tarde a mediados de 1940, con la mobilización de todos los recursos para hacer frente a la invasión alemana -y el oportunista zarpazo de Mussolini. Dicen las crónicas militares que la 28a división alpina tuvo un papel destacado y lucido en la Batalla de Francia. Y produce una cierta desazón pensar que estos muchachos de quienes no conocemos ni el nombre -solo sus caras casi adolescentes- y que posan despreocupadamente para el fotógrafo estaban a punto de marchar hacia el frente, aunque ellos todavía no lo saben. Y que el mundo que han conocido está a punto de estallar en mil pedazos. ¿Cuántos de ellos no volvieron a casa? ¿Para cuántos Andorra fue una de les últimas visiones de un mundo en (relativa) paz?

[Este artículo de publicó el 28 de junio de 2014 en El Periòdic d'Andorra]

jueves, 26 de junio de 2014

Meritxell: el juego de las diferencias

La nueva imagen de la patrona de Andorra, menos flaca y menos estrábica que la original románica, se venerará en el santuario antiguo; la escultora Íngrid Forelll ha tallado la Virgen, cpia de la que Sergi Mas esculpió para substituir a la que ardió en el incendio de 1972.

Dice mosén Ramon que la nueva imagen de la Virgen de Meritxell mira no raro, pero si diferente. Un detalle en absoluto menor porque -sostiene- "los ojos son lo primero en lo que me fijo cuando miro a alguien, y los de la patrona hablan". No está sugiriendo que los de la nueva talla no hablen. Pero tampoco tiene visiones, mosén Ramon: efectivamente, la imagen que ha tallado la escultora Íngrid Forell (Sant Julià de Lòria, Andorra, 1980) para el santuario viejo de Meritxell es una copia casi exacta de la que Sergi Mas realizó para substituir a la original románica -ya saben, la que según la versión oficial ardió en el incendio del 8 de septiembre de 1972 con el santuario. Casi exacta, decíamos, porque Forell ha copiado de oídas. Más bien de fotografías, porque como recordará el lector la talla de Mas también acabó en 2005 en la hoguera -debe ser la maldición de Meritxell- y fue a su vez substituida por la que hoy se venera en el santuario nuevo, obra del tallista Jaume Rossa. Pero es que además, Forell ha ejercido de -ejem- oftalmóloga y le ha corregido a la Virgen el ligero estrabismo que padecía la talla románica; un estrabismo que había heredado la de Mas. Así que ahora mira diferente, sí: porque mira más... recto.

Imagen de la talla románica de Meritxell, la original del siglo XI que se veneró en el santuario andorrano hasta el incendio de 1972, cuando supuestamente ardió con el edificio. La fotografía la tomó Guillem de Plandolit antes de 1933. Fotografía: Fondo Guillem de Plandolit / Archivo Nacional de Andorra.

El tallista Sergi Mas en su estudio de Aixovall, con un busto de la Virgen de Meritxell. Mas realizó la réplica de la talla que se colocó en el nuevio santuario de Meritxell para sustituir a la que había desaparecido en e lincendio de 1972; también esta talla tuvo un final dramático: en 2005 un perturbado la arrancó de su peana y la quemó en una hoguera. A su vez, la talla de Mas fue sustituida por la que hoy se venera en el templo, obra del tallista Jaume Rossa. Fotografía: Máximus.


La nueva talla de la Virgen que desde el mes de mayo se venera en el santuario antiguo de Meritxelll, reconstruido en los años 90. Es obra de la tallista andorrana Íngrid Forell, que le ha introducido ligeros retoques: la Virgen ya no bizquea tanto como la original románica, tampoco es tan enjuta como su predecesora, y el Niño Jesús gasta un marcado prognatismo. La madera es de tilo, de un solo bloque, excepto las manos de la Virgen y del Niño, y para el policromado recurrió a la técnica tradicional, con una capa de preparación a base de cola de conejo. Fotografía: Tony Lara / El Periòdic d'Andorra.


Vista actual del santuario viejo de Meritxell, reconstruido sobre las ruinas del templo que ardió en 1972, justo al lado del nuevo santuario proyectado por el arquitecto Ricardo Bofill; en esta pequeña iglesia es donde en adelante se venerará la talla realizada por Forell. Fotografía: Tony Lara / El Periòdic d'Andorra.


Esta de corregirle la bizquera es una de las escasas directrices que el Servei de Patrimoni, responsable último del tinglado, le dio a Forell cuando le encargó una imagen para colocarla en el ábside del santuario antiguo, donde hasta ahora no se veneraba ninguna talla de la patrona y los turistas se tenían que conformar con un audiovisual que encima -dice mosén Ramon- "raramente funciona". Un encargo con motivo de la reciente adscripción de Meritxell a la Ruta Mariana -itinerario de turismo religioso que incluye otros cuatro templos: Montserrat, Lourdes, el Pilar y Torreciudad- e incialmente destinada al santuario nuevo. El que levantó Ricardo Bofill. Finalmente se optó por colocarla en el viejo, que no deja de ser el el emplazamiento original de la talla -se consuela Forell.
Pero no es sólo la mirada. La otra gran diferencia respecto a la original -la tienen aquí arriba, en una fotografía de Guillem de Plandolit anterior a 1933- radica en el rostro: si se fijan, comprobarán que el de la talla románica era el de una payesita más bien enjuta, inquietantemente escuchimizada, detalle que según cómo le confería una dureza bien poco maternal. La de Forell es en cambio una Virgen bien alimentada, reluciente y casi, casi rolliza, por no decir atlética y en cualquier caso mucho más saludable -y acogedora. Al Niño Jesus, en cambio, le ha salido un preocupante prognatismo que no se intuye en la fotografía de Plandolit.
Alega Forell -que por otra parte de confiesa "satisfecha del resultado y orgullosa de haber tallado a la patrona, y contenta de que luzca en un lugar tan preeminente"- que más que de una réplica se trata de una copia, y que en cualquier caso ha trabajado a partir de fotografías de la talla de Mas. El único dato fehaciente de que disponía eran los 82 centímetros de altura, desde la peana hasta la corona. El resto de medidas y proporciones los tuvo que inferir a partir de ampliaciones a tamaño natural de los cuatro costados de la Virgen de Mas: "Traspasé las medidas exactas al bloque de madera y a partir de aquí fui desbastando el material que sobraba". Del bloque primigenio emergió una Virgen ya sentada en su trono; y hete aquí otra diferencia con la original, que iba clavada literalmente a la silla con seis clavos de forja. Las manos de la Virgen y el Niño, concluye, los talló aparte y los unió a la Virgen con unas espigas de madera.

De copia en copia
Vale que Forell, que le ha consagrado a este encargo unas 175 horas, tres meses de trabajo, hizo algo de trampa: tuvo siempre a mano y como referencia la Virgen de AINA, una de las tres copias que Mas hizo de la que ardió en el santuario -las otras dos se encuentran en el hospital Nostra Senyora de Meritxell, en Escaldes, y en el colegio Janer de Santa Coloma. Muchas copias, ya lo ven. De hecho, la de Forell vendría a ser algo así como la copia de la copia de una copia. Algo parecido al juego del teléfono, ¿recuerdan? Se entenderá que el resultado final sea una recreación, más bien una interpretación, antes que una réplica. Cosa esta última que por otra parte tampoco pretendía Forell: "No buscaba una reproducción exacta sino una talla nueva en que se reconocieran los rasgos de la románica, y respetando por supuesto sus características; por otra parte, por muy fiel que pretendas ser al original, siempre acabas dejando en la obra tu sello propio, tu manera de trabajar". Forell cambió el pino negro de la original románica -que también lo era de la de Mas- por tilo, porque dice que es ésta una madera "sin vetas, resistente pero a la vez blanda, y agradable a la hora de pasarle la gubia. El pino se muestra igualmente dócil, continúa, pero tiene más nudos y es más duro. Así que tilo.
Aparte el estrabismo, la otra consigna que se le dio dese Patrimonio fue que aplicara a la talla una capa de preparación a la antigua: es decir, un potingue a base de cola de conejo y Blanco de España, que se mezcla antes de dejarla reposar al baño María: "Se trata de disolver la cola con agua e ir aplicando poco a poco el carbonato hasta conseguir una textura parecida a la del yogur"
De este yogur resultante, en fin, se aplican sucesivas capas a la madera hasta que la superficie ha quedado lo suficientemente lisa como para aplicarle la policromía definitiva. Una técnica casi arqueológica hoy substuida por la pintura acrílica y que era, dice Forell, uno de los grandes atractivos del encargo. Aunque no es la primera vez que trabaja con esta capa de preparación tan... especial: antes lo hizo en la restauración de los retablos de Sant Cerni de Canillo, Sant Iscle de la Massana y Sant Cristòfol d'Anyòs.
El otro gran reto técnico de la talla era justamente la policromía porque..., ¿cuáles eran los colores originales de la Virgen románica? Hay que tener en cuenta que seguún el mismo Mas -que elaboró un estudio casi anatómico de la de verdad cuando en 1969 talló una réplica exacta con la que el Consell General quiso honrar al Obispo (y Copríncipe) Igleisias Navarri: es la que hoy se conserva en el colegio Janer-la pintura original sólo se había conservado en la parte posterior de la talla, mientras que al resto de la imagen se les aplicó una nueva mano de pintura en la restauración (anónima) de finales del siglo XIX. Por otra parte, y tal como indica Forell, en las escasas fotografías en color que se conservan de la original la tonalidad varía enormemente: en unas es de un tétrico mate; en otras, reluciente, casi estridente.; y en unas terceras, reluciente, casi estridente. El objetivo, dice, era conferirle una tonalidad envejecida, para que no pareciera nuevo a estrenar, así que sobre el azul cobalto, el azul cerúleo, el rojo cadmio, el vermellón y toda la gama de tierras -esta es la paleta de a Virgen, y no otra, así que no se les ocurra buscar por aquí el azul de Prusia, porque no lo encontrarán- aplicó una veladura para matizar el tono y darle pátina, dice la artista. Pntura sintética, porque es bien verdad que no se puede tener todo. Ni cuando eres funcionarios. Pero no divaguemos y regresemos a la nueva talla de Meritxell, lo más aproximado a la talla original que se exhibe hoy en público... aunque le hayan curado parcialmente la bizquera -aunque no del todo, bien mirado, todavía mira algo... torcida. Aunque no del todo, diríamos que todavía mira de lado- y que nos la han engordado otro poco. Por esto mismo, y porque estamos hablando de la patrona de todos, cuesta entender por qué todo este asunto se ha llevado con el secretismo habitual de las cosas que afectan a Patrimonio: ¿De verdad considera el ministerio de Cultura  -de donde salió el encargo- o al de Turismo -que tuvieron la idea- que una nueva talla de la patrona en el santuario triste no merece merece ni una lacónica nota de prensa? Porque si ni ellos están convencidos de que esto tiene un cierto interés, la cosa empieza especialmente mal.

[Este artículo se publicó el 24 de mayo de 2014 en El Periòdic d'Andorra]

miércoles, 25 de junio de 2014

Joan B. Culla, historiador: "El sionismo e Israel son hijos de Europa"

Lunes, 1 de noviembre, 2004. Amer Abdel Rahim hace estallar en un concurrido mercado de Tel Aviv el cinturón bomba que lleva adherido al cuerpo. Tres personas resultan muertas y otras treinta, heridas de diversa gravedad. El Telenotícies Vespre de TV3 abre la edición con imágenes del dolor de la familia del fedayin autoinmolado. Y las víctimas -por descontado- israelíes, nuevamente ninguneadas, relegadas al cuerpo de la noticia. Esta particular, perversa inercia informativa, que se nutre a partes iguales de los lugares más comunes de la corrección política progresista, de los tópicos más gastados del antisionismo tradicional y de un desconocimiento enciclopédico de los entresijos del conflicto araboisraelí, es el que el historiador catalán Joan B. Culla ha intentado remover con Israel, el sueño y la tragedia. Un tocho de 600 páginas destinadas a levantar polvareda porque -cosa insólita entre nosotros- se atreve a hurgar en el avispero palestino desde la asepsia del historiador, sin los apriorismos habituales que distinguen sin tapujos (y sin vergüenza) entre los buenos -los arabopalestinos, por descontado- y los malos -ustedes ya saben quién- con la voluntad expresa de "explicar, no de juzgar". Léanlo y juzgue el lector si Culla lo ha logrado.

-Pocos temas mobilizan tanto y tan apasionadamente a la opinión pública como éste. ¿Por qué?
-La pregunta debería ser: ¿por qué cuando en 1993 estalló la crisis de los Grandes Lagos, que dejó más de un millón de muertos en Burundi y Ruanda, no oímos las tomas de posición categóricas que están a la orden del día en la cuestión palestina? ¿Por qué tertulianos e intelectuales no pontifican ni peroran alegremente y ex cathedra sobre buenos y malos en el caso de un conflicto como el del Congo, que ha provocado más de dos millones de víctimas mortales desde 1998? ¿O en la reciente crisis de Sudán?

-Dígamelo usted: ¿por qué?
-He asistido a decenas de debates, tertulias y conferencias sobre el Próximo Oriente, y sé perfectamente la ignorancia sobre las cuestiones más elementales de este conflicto es oceánica. Pero lo peor de todo es que aun así cualquiera tiene sobre este asunto una opinión definitiva, inapelable. ¡Y la exhibe públicamente! No deja de ser una paradoja.

-Tampoco es razonable pensar que todo el mundo tenga que haber hecho un doctorado para lanzarse a opinar sobre un tema en concreto.
-Precisamente. Pero es que en Cataluña este escoramiento de la opinión pública es incluso más descarado que en el resto de Europa. En la prensa occidental más izquierdosa, desde Libération hasta La Repubblica, puedes encontrar con toda naturalidad artículos que defienden a Israel al lado de la obligada dosis propalestina. Esto, aquí, es impensable. ¿Por qué? Ante todo, por una cuestión puramente demográfica: en Francia viven aproximadamente unos 700.000 judíos y su presencia pública es notabilísima, desde Laurent Fabius hasta Simone Weil i Jean Daniel.

-Nosotros tenemos a Lluís Bassat...
-No hay punto de comparación. La comunidad judía no supera en España las 25.000 personas, y no se remonta más atrás de los años 40. Lo que pretendo decir es que en Francia los conceptos básicos sobre la identidad judía forman parte de la cultural general. Aquí, en cambio, los cursos de doctorado sobre sionismo que imparto en la Autónoma de Barcelona me veo obligado  empezarlos cada curso explicando que un rabino no es exactamente el equivalente a un sacerdote católico; ni una sinagoga, la iglesia de los judíos.

-Es que muchos no hemos visto una sinagoga más que en televisión.
-Este es el problema. El desconocimiento es absoluto. Recuero un viaje oficial de Pujol a Israel. En el avión de ida tuve que improvisar una especie de seminario intensivo de cultura judía para los periodistas del séquito. Cuando nos acercábamos al Muro de las Lamentaciones les advertí que seríamos requeridos para que nos pusiéramos la preceptiva kipá... Lo tive que deletrear: k-i-p-a. A un periodista francés no hubiera habido que explicarle qué es y para qué sirve un artefacto como este. Pero la ignorancia más manifiesta y básica no es óbice para que cualquiera largue sus opiniones. 

-Una de las muchas sorpresas que depara en El sueño y la tragedia es la simpatía o, más bien, complicidad, que despertó en los años 60 el sionismo entre el protocatalanismo de la época.
-Seguramente fue una reacción contra la tradicional amistad hispanoárabe que por razones históricas y personales cultivó el régimen franquista. El pequeño pueblo que renace de las cenizas y que es capaz de resucitar un idioma que prácticamente no hablaba nadie genera una evidente empatía entre los nacionalistas de las catacumbas, que se puede rastrear desde Pujol hasta la actual cúpula de ERC.

-¿Cuándo y por qué empieza a cambiar este mar de fondo favorable a Israel?
-A partir de la guerra del Yom Kippur, en 1973, Israel deja de ser la reencarnación de David enfrentado al Goliat árabe y este papel -mediáticamente mucho más agradecido- lo ejerce en adelante el pueblo palestino. A partir de entonces la dicotomía ya no será entre el mundo árabe e Israel, sino entre los tanques, los aviones y los helicópteros del imbatible Tsahal y la cufia, los Kalachnikov y las piedras de los fedayin palestinos. Se han invertido los papeles, y la primera y la segunda intifada consolidarán definitivamente el cliché.

-¿Cree que la izquierda comprometida, desde Jose Saramago hasta Edward Said, se ha dejado deslumbrar por la causa palestina?
-El escritor Amos Oz lo ha resumido gráficamente al comparar a la intelectualidad europea con una institutriz victoriana, siempre con la regla en la mano y dispuesta a repartir mandobles a los malos de la clase. Una actirud que no ayuda a comprender el conflicto y todavía menos a resolverlo. A esta izquierda progre le parece que haciendo mohínes y mascullando contra las bestias negras de Sharon y Bush con cada baño de sangre en Gaza, Nablús, Jerusalén o Tel Aviv ya han ejercido de intelectuales comprometidos y que ya pueden ir a la cama con la conciencia tranquila. Y que conste que no estoy sugiriendo que no hay que criticar a Sharon...

-De hecho, en el libro lo exculpa tanto de cualquier responsabilidad en la intifada como -atención, polémica a la vista- de las matanzas de Shabra y Chatila.
-Que Sharon no desencadenó la intifada no es cosa mía. Lo sostiene el informe Mitchell. Pero es que resulta que este ogro, este nuevo Hitler, es el que se enfrenta a la extrema derecha israelí para defender la retirada de Gaza. Pero, ¿cómo se entiende esto, si dicen que era el mismo Sharon, la extrema derecha? Tampoco sugiero que Sharon sea de izquierdas, pero este conflicto y la realidad política israelí son extraordinariamente complejos, y las aproximaciones en términos de buenos y malos satisfacen si lo que pretendes es confirmar tus prejuicios, pero son inútiles si lo que intentas es entender que está ocurriendo.

-El principal reproche a la (digamos) causa palestina es la absoluta falta de pragmatismo de sus líderes. Pero reconocerá que tampoco es fácil ceder cuando tienes todas las de perder...
-Cierto. Como también lo es que este maximalismo empieza a manifestarse mucho antes de la existencia de Israel. Los árabes jugarán desde el primer momento la carta del Todo o nada. Y así es imposible llegar a un acuerdo. Un acuerdo, por definición, comporta concesiones.

-La desaparición de Arafat, ¿dejará sin argumentos a los que sostienen que el rais ya no era un interlocutor válido?
-Tras Camp David II [otoño de 2000] Israel concluyó que con Arafat jamás podría llegar a un acuerdo. Esta actitud es comprensible desde la perspectiva israelí porque el acuerdo era entonces posible y fue Arafat quien no tuvo arrestos para presentarse ante su pueblo con una paz que comportaba la devolución de sólo el 95% de los territorios ocupados. Claro, como no era el 100%... El todo o nada que decía antes.

-Arafat es la única ficha de este tablero que no ha cambiado en las últimas tres décadas. Desde este punto de vista, ¿cree que era parte del problema antes que de la solución?
-Él encarnó desde los años 60 lo mejor y lo peor de la causa palestina. Desaparecido Arafat se abre la posibilidad de que surja un líder de una nueva generación. Personalmente, creo que podría ser Mohamed Dahlan, jefe de uno de los cuerpos policiales de Gaza y que tiene reputación de hombre pragmático. Pongamos un ejemplo: si Sharon anuncia que se va de Gaza, a enemigo que huye, puente de plata. Sólo son 360 kilómetros cuadrados, pero son suficientes para abrir un aeropuerto y después ya se verá... En cambio, Hamas responde con una lluvia de cohetes para provocar la represalia israelí y regresar a la lógica -tan siniestra como inútil- de cuanto peor, mejor.

-En 1860 vivían en Palestina 13.000 judíos. Hoy son más de 6 millones. Un pecado original difícil de purgar.
-Cada vez que oigo refunfuñar a las institutrices victorianas estoy tentado de recordarles que Israel es hija de Europa. Que si Europa no hubiera actuado durante 70 años como lo hizo -amenazándolos, hostigándolos, discriminándolos, persiguiéndolos y finalmente asesinándolos en masa- el sionismo no hubiera pasado de ser una de las ideas políticas más descabelladas de los tiempos modernos. Los miles de judíos emigrados a Tierra Santa son solo una pequeña parte de los millones de europeos que entre finales del siglo XIX y los años 20 del siguiente emigraron a América, África y Oceanía, sin que ninguno de ellos se planteara la legitimidad del movimiento migratorio o la suerte de los nativos. No lo justifico, que conste, pero sí que lo pongo en su contexto histórico: ¿no resulta ingenuo exigir precisamente a los judíos que se plantearan unos interrogantes que ninguno de sus contemporáneos -franceses en Argelia, anglosajones en África del Sur, Nueva Zelanda y Australia- tuvo la necesidad de resolver?

Asimétricas, pero condenadas a conllevarse
El diagnóstico de Culla sobre los 70 años de conflicto araboisraelí se mueve entre el escepticismo y el pesimismo. La profunda asimetría entre la sociedad palestina y la israelí es la causa de la aparente incompatibilidad entre dos pueblos condenados a entenderse. O por lo menos, a conllevarse. Culla procede por analogía y trae a colación el ejemplo francoalemán: "Después de tres muertes devastadoras y millones de muertos por cada lado, Francia y Alemania fueron capaces de dejar atrás a partir de 1945 la rivalidad histórica porque eran dos sociedades económicamente, socialmente y culturalmente simétricas. La israelí es desde orígenes una sociedad europea incrustada en el Próximo Oriente. Cuando llega el momento decisivo, en los años 40, Israel lo afronta con unas instituciones protoestatales de corte europeo, un protoprimer ministro (Ben Gurion), un protogobierno y un protoparlamento. La palestina, por su parte, es una sociedad árabe -y no precisamente de las más desarrolladas- liderada por una jerarquía religiosa de tipo caciquil y no representativa". Otra vez el relativismo metodológico matiza el diagnóstico: "Si los pueblos árabes normales, con instituciones estatales, han sido históricamente incapaces de generar un sistema democrático, ¿no era mucho pedir que fueran precisamente los palestinos los primeros a dotarse de instituciones democráticas?

[Esta entrevista de publicó el 12 de noviembre de 2004 en el semanario Presència]

martes, 24 de junio de 2014

La Margineda: los 'Pareatges' en piedra

La ubicación del castillo de Enclar en el yacimiento de la Roureda de la Margineda aporta luz sobre los orígenes del coseñorío de Andorra.

Pocos yacimientos andorranos, por no decir ninguno, se han mostrado tan generosos como el de la Roureda de la Margineda: desde que Casa Molines, propietaria de la finca, inició las prospecciones arqueológicas, en 2007, no ha habido campaña que no haya deparado suculentas aportaciones a la arqueología y la historia de este rincón nuestro de Pirineo. En enero pasado, el servicio de Patrimonio presentaba la reconstrucción de dos recipientes de la Edad del Bronce, pongamos que entre 2200 y 1600 aC, a partir de los más de 700 fragmentos cerámicos recuperados en el yacimiento: la última campaña de excavaciones, en el verano pasado [2011] permitió identificar los restos de una rudimentaria cabaña fechada también en la Edad del Bronce, cuando por lo visto ocurrieron muchas cosas y muy interesantes por aquí arriba: ni más ni menos que el primer habitáculo construido por la mano del hombre que se ha excavado en Andorra, hace cuatro milenios; y en 2011, Casa Molines restauraba una docena de piezas de hierro y bronce fechadas entre los siglos XI y XIV, entre los cuales se encuentran sendas puntas de lanza y flecha, una funda de espada, un juego de llaves e incluso unas tijeras.
Pero la estrella del yacimiento son sin duda los restos de la mayor fortaleza medieval jamás excavada en la vertiente sur de los Pirineos: un recinto que se extendía sobre una superficie de 1.500 metros cuadrados, protegido por murallas que podían alcanzar los cinco metros de altura  los seis de grosor, y con una casa fuerte -residencia del castellano- que en los momentos de máximo esplendor probablemente se levantó dos o tres plantas. Un conjunto, en fin, que estuvo habitado ininterrumpidamente desde el siglo XI hasta mediados del siglo XIV, originalmente bautizado con el nombre de Sonplosa pero que las últimas hipótesis historiográficas parecen indicar que se corresponde con el hasta ahora desaparecido castillo de Sant Vicenç d'Enclar. Las cosas transcurrieron más o menos así: la relectura de los tres únicos documentos que han llegado hasta nosotros y que mencionan la existencia del castillo de Enclar -el acta de consagración de la iglesia de Sant Feliu de Ciutat (952), la donación del castillo de Enclar a Arnau de Castellbó (1190) y el Segundo Pareatge, que obligaba al conde de Foix a demoler el castillo (1288)- permite aventurar como hipótesis "sólida y plausible" que la fortaleza de Sant Vicenç  se levantaba en el paraje de la Roureda de la Margineda, el emplazamiento de la excavación, y no en la roca de Enclar, donde hasta ahora se la había buscado (infructuosamente).

Más campañas a la vista
Lo dice Albert Villaró, el novelista, aquí en su doble faceta de historiador y director del Área de Investigación histórica de Andorra la Vella -que tiene un departamento con este flamante nombre, menuda suerte- que insiste en que se trata tan solo y por el momento de esto, de una "hipótesis" pendiente de confirmación. ¿Y cómo se podría confirmar que el recinto defensivo que Arnau de Castellbó permite en el documento de 1190 levantar en la "arrel" -"raíz", así lo dice, literalmente- de la montaña es efectivamente el castillo de Enclar? "Difícilmente aparecerá nueva documentación que lo corrobore", advierte Villaró: "Las esperanzas las hemos depositado en las próximas campañas de excavaciones. Pero somos optimistas porque es un yacimiento abierto, que todavía deparará muchas sorpresas, y el registro arqueológico admite perectamente la hipótesis que hemos planteado". Un registro que incluye la parafernalia guerrera de aquí arriba -puntas de flecha, lanza y balesta, fundas de espada, y más- que podría haber pertenecido sin alejarnos mucho de la verosimilitud histórica a la guarnición del castillo, a las órdenes del castellano, el representante del conde de Foix, y que ejercía en nombre de éste funciones jurisdiccionales: sobre todo, impartir justicia y recaudar impuestos. Dos funciones francamente impopulares, por cierto.
La pregunta, en fin, es: ¿qué transcedencia tendría que se confirmara esta prometedora conjetura, que el yacimiento de la Margineda esconde los restos del castillo de Enclar? Para Villaró, equivaldría a la "materialización" del Segundo Pareatge, es decir, del acta de nacimiento del coseñorío por el que el conde Foix y el obispo de Urgel se repartían la soberanía sobre los valles de Andorra. En resumen, y por decirlo de una vez: la peculiarísima forma política que constituye la esencia del entramado político institucional del país. Significaría, concluye, "la concreción en piedra de un concepto tan etéreo como es el coseñorío: en la Margineda podremos comprobar cómo se materializó físicamente el Pareatge: con la demolición del castillo, tal como ordena el documento".
Hay que decir que nos estamos refiriendo en todo momento al Segundo Pareatge, el de 1288. La ocupación del recinto, en adelante dedicado a usos agrícolas, se prolongó todavía un siglo, y sus últimos habitantes lo abandonaron probablemente a causa de la peste negra. Villaró no lo ve claro -"No tenemos ninguna prueba que lo demuestre", alega- pero no deja de ser otra hipótesis también plausible, que quizás un dia confirme el registro arqueológico y que explicaría por ejemplo las prisas del último inquilino del castillo, que se largó tan raudo que ni se acordó de llevarse con él las llaves.

[Este artículo se publicó el 19 de marzo de 2012 en El Periòdic d'Andorra]

Las torres del castillo, a examen
Una nueva campaña de excavaciones confirmará (o no) si se trata de estructuras defensivas, como se ha sostenido hasta ahora, o de simples y humildes habitáculos.

Que la Margineda es una mica lo sabíamos desde que en 2007 Casa Molines encargó un primera campaña para exhumar los restos de lo que se creía que iban a ser los restos de unos humildes corrales, y ante la sorpresa de todos lo que emergió fueron los restos de la mayor fortaleza medieval jamás excavada$ en la vertiente sur de los Pirineos: seguro que lo recuerdan, porque hemos hablado aquí mismo en todo esto en ocasiones precedentes: 1.500 metros cuadrados en los que se reparten las dependencias de lo que las últimas hipótesis apuntan que era el (hasta ahora) desaparecido castillo de Sant Vicenç d'Enclar: patio de armas, cocina, talleres y almacén.
Esto, solo en la planta baja, que es lo que ha llegado hasta nosotros en un relativo buen estado de conservación. Fatan los dos pisos superiores, que naturalmente hay que dejar a la imaginación porque no han dejado registro arqueológico. Y todo esto, planta baja y las dos plantas superiores, protegido en su día por lienzos de muralla que en algunas secciones podían levantarse hasta los cinco metros de altura. Lo han podido visitar este mismo verano, el segundo en que el yacimiento abre al público. Ahora les llega el turno a los arqueólogos: el servicio de Patrimonio del gobierno de Andorra acometerá una campaña centrada en dos puntos muy concretos del yacimiento: por un lado, se excavaran los tramos de calle que comunicaban unas habitaciones con las otras; por el otro, también se excavaran los restos de lo que se supone que eran las torres defensivas del complejo. Y decimos bien: se supone, porque uno de los objetivos de la campaña consiste en determinar la funcionalidad de estas estructuras. 
Los arqueólogos tienen, por lo tanto, dudas razonables sobre este extremo -y no deja de ser sorprendente después de casi un lustro publicitando el yacimiento como "la mayor fortaleza medieval jamás excavada en el lado sur del Pirineo"- pero conviene de dejarse llevar por el desánimo y el pesimismo. Una fortaleza sin torres defensivas es sin duda algo mucho menos imponente  se aleja irremisiblemente de lo que la generación Exin Castillos puede tener en mente cuando evoca una fortaleza medieval. Quizás por este motivo el arqueólogo que dirigirá la excavación, Álex idal, se mosraba ayer prudente y evitaba especular sobre los resultados de la campaña: "Hasta que no excavemos no podremos decir nada con un mínimo de certeza".
Esta misma certeza esperan obtenerla excavando las calles del recinto fortificado: se trata, dice, de retirar los escombros de los tramos que todavía no se han exhumado con la esperanza de que debajo aparezcan los restos del pavimento original y que se pueda confirmar que se trata efectivamente de calles o pasadizos, y no de habitáculos no identificados. La campaña no tiene todavía calendario definitivo, aunque de este otoño no pasa. Y tampoco será la última en el yacimiento, augura Vidal, Difícil predecir si serán tres, cinco o diez campañas más, pero lo que llevará más tiempo y más esfuerzos es la conservación y restauración de las estructuras excavadas. No se trata, que quede claro, de reconstruir ninguna de las dependencias, ni tan solo de un lienzo de la muralla -pues que lástima...- sino de asegurar la parte superior de las estructuras excavadas, que al haber quedado a la intemperie y sometidas a la acción de los elementos se degradan con pasmosa celeridad: "Aseguraremos la última línea de los muros para que no se desmorone el coronamiento, pero no los elevaremos".

Un tesoro oculto
Pero decíamos al comienzo que la Margineda es una mina. Con o sin torres defensivas -pero crucemos los dedos para que sean unas estupendas, ciclópeas, invulnerables torres. Así que una mina. ¿Exgaremos? Las campañas previas han ido regalando un tesoro tras otro: se trata, no lo olvidemos, de un yacimiento inicialmente ocupado en la Edad del Bronce, pongamos que hacia el 2200 aC, y que en su última fase, la medieval, fue habitado ininterrumpidamente entre los siglos XI y mediados del XIV.
Por eso han aparecido desde una pequeña multitud de fragmentos cerámicos hasta los restos del primer habitáculos construido por la mano del hombre que se ha conservado en territorio andorrano, una rudimentaria cabaña fechada hacia el 2200 aC, otra vez, así como dos centenares de piezas correspondientes al último período de ocupación del yacimiento entre los que destacan unas llaves y unas tijeras, una hebilla y un anillo de bronce, y -atención- abundante panoplia militar: una punta de lanza de unos 25 centímetros , otra punta de flecha de tan solo seis centímetros, una funda de espada y por ahí.
Todo este material, convenientemente restaurado, se presentó en sociedad a principios del 2011 y con el compromiso de la entonces ministra de Cultura, Susanna Vela, de organizar una exposición. Tres años después y un cambio de ejecutivo mediante, todo esto se ha guardado en el cajón de las buenas intenciones y os tesoros de la Margineda continúan ocultos en el depósito de Patrimonio. Quizás si los tuviésemos que ir a buscar a algún remoto museo norteamericano -y va por Les aysannes d'Andorre, el dibujo de Picasso- tendrían más posibilidades de pasar de las palabras a los hechos.

[Este artículo se publicó el 12 de septiembre de 2013 en El Periòdic d'Andorra]

domingo, 22 de junio de 2014

El Palanca y el misterio de Tor

Núria Comes traza en El hombre de Tor una aproximación más o menos íntima a la vida de Jordi Riba, protagonista principal de la dramática y sangrienta historia de este pueblo del Pallars a lo largo del último medio siglo.

Pónganse el cinturón de seguridad. O mejor aún, el chaleco antibalas. Porque regresamos -glups- a Tor. Ya saben: la montaña maldita, el feudo de dos antagonistas proteicos -Josep Montané, alias lo ros de Sansa, y Jordi Riba, el Palanca- el remoto pueblo del Pallars colindante con Andorra doblemente sacudido por la tragedia: en julio de 1980, cuando dos secuaces del Palanca cayeron abatidos a tiros por los guardaespaldas de Sansa, y en julio de 1995, cuando el mismo Montané apareció muerto en el interior de casa Sansa, con el cráneo reventado y un alambre anudado al cuello. Un crimen, este último, que cuatro lustros después continúa impune. En fin, como para aparecer por Tor un mes en pleno verano.

Jordi Riba, el Palanca, uno de los protagonistas de la siniestra y sangrienta historia de Tor, con los vecinos enfrentados por la explotación del monte comunal, y cinco muertes violentas registradas desde 1980... Cinco muertos en una localidad donde apenas residen una docena de vecinos, y de forma intermitente... Fotografía: El Periòdic d'Andorra.
Tor, en la comarca leridana del Pallars Sobirà, se encuentra en la frontera: una pista forestal conduce a lo alto del puerto de Cabús; al otro lado, Andorra, que construyó en los años 70 una carretera asfaltada de siete metros de ancho que ha sido desde entonces conocida como la autopista del contrabando. Se dice que por este lugar llegaron a circular incluso misiles Exocet... Fotografía: El Periòdic d'Andorra.

Estos son telegráficamente los sucesos por los que Tor ingresó con todos los honores y por la puerta grande en la crónica negra hispana. Unos sucesos que Carles Porta narró con pelos y señales hace un decenio en Tretze cases i tres morts. De la española... y ni que sea indirectamente, también de la andorrana: en primer lugar, porque el camino que une esta localidad con el puerto de Cabús -y que por lo tanto, conecta con Andorra- fue durante muchos años una auténtica obsesión para el difunto Sansa; pero sobre todo, porque una vez construido el enlace por el lado andorrano -en 1978, una carretera asfaltada de siete metros de ancho, en contraste con la precaria pista forestal en que quedó por el lado español- aquello se convirtió en algo muy parecido a una autopista con los todoterrenos de los contrabandistas -y hay que pensar que también de los GAR- como exclusivos usuarios.
Pero si Sansa y, sobre todo, el Palanca, vuelven a estar de actualidad, es por la reciente publicación de L'home de Tor (Pagès), aproximación a la novelesca de Riba escrita a cuatro a manos por él mismo y por Núria Comes. Atención, porque la autora juega con ventaja respecto a quienes antes que ella se han atrevido a husmear en este sórdido asunto: en primer lugar, el acceso directo al protagonista, con quien le une la mutua pasión por los animales -el Palanca se ha dedicado desde siempre a la cría caballar, y Comes regenta en Alins, en el mismo Pallars, una explotación equina. Además, el padre de la autora trabajó en los años 60 para Sansa en la apertura de la pista que conduce al puerto de Cabús. Información como se ve de primerísima mano que le ha permitido trazar un retrato de los que define como "los dos máximos protagonistas de la historia de Tor durante el siglo XX".
Este conocimiento directo, casi íntimo, es lo que diferencia L'home de Tor de la otra aproximación literaria a los hechos, el relato hoy canónico de Porta, que recreó a crónica negra local en clave documental y que en 2005 se convirtió en una bomba editorial: "A mí me enganchó, como a tantos otros lectores", admite Comes. "Pero me lo tomo más como una novela de intriga que como una crónica realista. En mi opinión, ofrece una visión simplista unos hechos en realidad enormemente complejos: la perspectiva del forastero que llega al pueblo, habla con unos y con otros y reproduce lo que le han contado. No intenta atar cabos ni explicar por qué ocurrió todo aquello".

Pero, ¿por qué en Tor, precisamente?
La pregunta, llegados a este punto, resulta obvia: ¿por qué Tor, precisamente Tor, se convirtió en escenario de tres asesinatos -más otras dos muertes más o menos accidentales que Comes reseña al final del libro? La tesis que ella propone es singularmente atractiva: no nos encontramos ante un suculento drama rural del estilo de Laura, Solitud, La puñalada o Los santos inocentes, sino ante unos hechos que recuerdan asombrosamente a los grandes argumentos de la tragedia griega. Ahí es nada. Lo resume el antropólogo Pau Comes en el prólogo de L'home de Tor: "No se trata de los destinos de dos hombres, sino del destino de una colectividad: la grandeza de estos personaje radica en el hecho de que, a pesar de que todos los augurios les son contrarios, serán capaces de asumir su sino, ir a la batalla y enfrentarse a unas fuerzas telúricas de las que no pueden huir".
La tesis de Comes -de Núria y de Pau- es que Sansa y el Palanca no actúan movidos por intereses, odios, manías, obsesiones o incluso patologías individuales, sino que responden a un conjunto de factores geográficos, económicos, sociales y culturales, estas fuerzas telúricas a las que no pueden escapar y que finalmente los emparentan antes con Aquiles, Ulises y Agamenon que con los personajes de Miquel Llor, Víctor Català, Joaquim Vayreda o Ramón J. Sender. Para la autora, Montané y Riba sn el resultado final de siglos de historia colectiva: los últimos representantes de dos longevos linajes -Casa Sansa y Casa Palanques- que se remontan al siglo XVI, las dos familias más poderosas de Tor, enfrentadas en un antagonismo secular ¿recuerdan Vacas, el debut de Julio Medem?- y que se perpetuará en la Sociedad de Copropietarios constituida en el siglo XIX para la explotación colectiva de las 4.800 hectáreas de la montaña de Tor. No deja de ser una paradoja que a estos dos héroes los describa Comes como a dos caracteres "igualmente fuertes, arrogantes, huraños y, cuando se lo proponían, igualmente seductores. Eran como dos gotas de agua".

Con la Iglesia hemos topado
Aquí radica, aventura, una de las claves del odio que se profesaban Sansa y el Palanca, que además encarnaban -probablemente sin ser conscientes de ello- dos maneras diametralmente opuestas de enfrentarse a los nuevos tiempos: el primero soñaba unir Tor con la frontera andorrana y levantar en la montaña unas pistas de esquí que aportaran al pueblo la misma prosperidad que se gestaba al otro lado de la frontera, en la vecina estación de Pal; el Palanca, en cambio, se aferraba a las explotaciones tradicionales -la extracción de leña, los pastos y la cría de ganado- y se erigía en el defensor de una forma de vida secular y condenada a la desaparición. Las otras once familias copropietarias de la montaña se aliaban con uno o con otro según de donde soplara el viento -o las expectativas de negocio. Uno de los episodios más sorprendentes que Comes consigna en L'home de Tor es que en los años 60 los futuros y acérrimos enemigos se unieron en una efímera aventura comercial: Sansa y el Palanca adquirieron a medias una máquina para segar que alquilaban de feria en feria. La sociedad se disolvió porque el primero -según el segundo, claro- "tenía la manga muy ancha, sobre todo cuando los gastos iban a medias, y en la tercera feria ya nos habíamos gastado más de lo que había costado la dichosa máquina". ¿Cuándo nace la rivalidad entre estos dos hombres, una rivalidad que llegará a ser en estas montañas legendaria? Según el Palanca, "cuando Pepe [es decir, Sansa] se vio convertido en heredero de su casa comenzó a liarla". Lo dice así porque Sansa, el cuarto de siete hermanos, parecía relegado al puesto de segundón. Pues no.
También tuvo mucho que ver en todo esto Rubén Castañer, un hombre de armas tomar, promotor establecido en Andorra y apoyado, según decía, por un grupo de inversores británicos con los que Sansa soñaba con hacer realidad su estación. Aquella quimera terminó con las muertes de 1980. Aun habría un tercer cadáver: el del mismo Sansa, en un colofón siniestro digno de esta truculenta historia. En las conversaciones con Comes, Riba se resiste sistemáticamente a evocar el sórdido episodio del asesinato de su vecino, rival y antiguo socio. Lo único que admite es que él hubiera sido la tercera víctima de 1980 si sus guardaespaldas no hubieran intervenido para evitarlo. ¿Y cómo está hoy el pleito por la montaña? En mayo de 205 -diez años después de la muerte de Sansa- el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña dictaminó que la propiedad pertenece a los herederos de los condueños originales. Con el añadido, atención y por si fuéramos pocos, de la Iglesia, que reclama su parte en virtud de una cláusula del contrato original de la Sociedad que le reconocía al rector de Tor ciertos derechos... mientras residiera en el pueblo. Ni que decir tiene que en Tor no reside hoy nadie de forma permanente. Pero parece que, previsores como son los servidores del Señor, acaban de restaurar la rectoría...

[Este artículo se publicó el 16 de enero de 2011 en El Periòdic d'Andorra]


miércoles, 11 de junio de 2014

Lluís Capdevila: un olvidado con mucha memoria

Cossetània publica el tercer volumen de la monumental autobiografía del dramaturgo, periodista y político catalán; La república, el periodisme, el teatre repasa sus años de madurez, como director del diario La Humanitat y hombre de confianza del presidente Companys

En nuestra muy transitada galería de ilustres olvidados, Lluís Capdevila (Barcelona, 1895-Andorra la Vella, 1980) es uno de los más egregios. Cosa que le hemos pagado como sólo saben nuestras muy ilustradas autoridades: ni una calle, mucho menos una plaza, ni un triste rincón del callejero lleva hoy su nombre. Nada. Como si por aquí arriba abundaran los tipos de una pieza -de muchas piezas, de hecho- como él, dramaturgo de éxito en los años dorados del Paralelo barcelonés, letrista de Cançó d'amor i de guerra -probablemente, la más célebre de las zarzuelas catalanas-, así como reportero de primera hora y protagonista de la época más gloriosa del periodismo catalán -los años de la II República, que Capdevila vivió como director de La Humanitat, el diario de Esquerra Republicana de Cataluña (ERC).

Y no se vayan todavía, que aún hay más: amigo íntimo de Companys, comisario de propaganda y cronista bélico durante la Guerra Civil, exiliado tras la derrota republicana primero en Poitiers y desde finales de los 60 en Andorra, y autor -atención- de Història de la meva vida i dels meus fantasmes, monumentales memorias en doce volúmenes de los que tan sólo se habían publicado los dos primeros -y como quien dice en la prehistoria: L'alba dels primers camins (1968) y De la Rambla a la presó (1975). Los dos pasto hoy de bibliófilo. Como el Llibre d'Andorra, ya que hablamos de libros inencontrables, probablemente la introducción más suculenta a los asuntos de este rincón nuestro de Pirineo que jamás haya salido de pluma humana. Y lo dice Sergi Mas, que conste.

El dramaturgo, periodista, político y finalmente,  memorialista Lluís Capdevila, fotografiado durante la Guerra Civil en su época de comisario de propaganda de la columna Macià-Companys, con la que cubrió entre otras la batalla de Belchite. Fotografía: Cròniques de guerra.

Pero hablábamos de Història de la meva vida..., que tan mala fortuna había tenido... hasta hoy, claro, que Cossetània rescata la tercera entrega: un tocho de tres centenares y medio de páginas, editado por el periodista catalán Francesc Canosa y titulado precisamente La República, el periodisme, el teatre. Es decir, los años de madurez de Capdevila, que coinciden con el segundo experimento republicano en España y que él vivirá des de primerísima fila como director de La Humanitat, militante de ERC y hombre con privilegiado hilo director con el presidente Companys. Canosa lo define como "un francotirador, un outsider y una rara avis" sin pelos en la lengua a la hora de juzgar severamente los Fets d'Octubre -ya saben, Companys proclamando el Estado Catalán desde el balcón del palacio de la Generalidad, en la plaza de San Jaime. Por falta de realismo, dice Canosa: "Capdevila lo vive como un fogonazo, un disparo al aire que acaba con la supresión del Estatuto y con Companys en prisión; la prueba, en fin, de que el país, la sociedad catalana del momento no está madura para un régimen como el republicano".

Era, insiste, un hombre de partido, catalanista, republicano y de izquierdas. Facción sindicalista. Por este motivo Companys lo colocó al frente del diario de ERC, un fenómeno -este de la prensa partidista- hoy exótico pero en la época absolutamente imprescindible para hacer carrera política. Pero si hay una característica que define a Capdevila es una personalidad intelectualmente poliédrica: dramaturgo, periodista, novelista, político y finalmente memorialista: "Un personaje polifacético, con inquietudes y campos de actuación muy diversos, emparentado con un humanismo en cierta manera muy actual", dice, y que no tendrá reparos en apartarse del discurso oficial y -siendo como era un miembro del stablishment- criticar la incapacidad de los hombres que habían de gobernar la República.

Memorialista ingente
Es precisamente en las memorias donde emerge con toda su potencia el carácter proteico del personaje: "Es su terreno, donde se siente más cómodo, más él, donde más se deja ir".Un concentrado donde aparecen todas las facetas de Capdevila. Por ejemplo, la de hombre de mundo: por las páginas de La República, el periodisme, el teatre pululan una multitud de personajes: Companys, por supuesto, pero también García Lorca y Margarida Xirgú y H. G. Wells. Porque Capdevila no se conformaba con cualquiera a la hora de buscarse amistades. Atención también porque los doce volúmenes de Història de la meva vida... no tienen parangón en la literatura catalana contemporánea. Y habría que ver si en la española. Así que no es raro que Canosa los coloque en lo más alto de su bibliografía, por encima de su obra como dramaturgo y como novelista, e incluso como reportero de guerra -faceta que, por cierto, la Fundació Josep Irla recuperó hace dos temporadas en Cróniques de guerra: pueden descargrase la edición electrónica en la página web de esta entidad. 
¿Cómo puede ser que semejante personaje haya caído en el semiolvido? Canosa (se) lo explica por la debacle republicana, que acabó con el 80% de los periodistas catalanes en el exilio: "Es lo que denomino la Cataluña iceberg, congelada: todo lo que existía antes de la guerra no tuvo continuidad y jamás se retomaría". Y resulta que lo que había antes del 36 era mucho. Tanto, que hoy difícilmente nos lo podemos imaginar, sugiere. El periodismo catalán de los años 30 había llegado a un grado de desarrollo que no tenía nada que envidiar a los grandes coetáneos que en ese mismo momento triunfaban en los EEUU, Francia y Alemania. Mucho antes de que Capote inventara el Nuevo Periodismo, dice, en Cataluña ya se practicaba un reporterismo de estirpe indudablemente moderna. Con Domènech de Bellmunt, por ejemplo, otro que terminó con sus huesos en Andorra. Y otros muchos personajes que integraban la lustrosa clase media del ecosistema comunicativo catalán: Irene Polo, Just Cabot, Josep Maria Planes, Plató Peig, Josep Amic... y Lluís Capdevila, claro. Ellos y otros muchos como ellos, añade Canosa, son los que le confieren al Barrio Chino barcelonés su aura maldita: los sucesos ligados a la prostitución, la droga y el alcohol que cubrían como periodistas los procesaban como material de ficción y los acababan regurgitando en los dramas y sainetes que ellos mismos escribían y estrenaban en los teatros del Paralelo: "La primera cultura de masas que se generó en Barcelona".

Su papel durante la Guerra Civil, como comisario de propaganda de la columna Macià-Companys -cubrió por ejemplo la batalla de Belchite- queda para sucesivas entregas de las memorias, en manos de la familia y que Canosa confía que irán saliendo a la luz. El caso es que en una época como la nuestra en que se publica casi todo -y sin muchos miramientos- es sorprendente que lo más granado de la obra de Capdevila continúe mayoritariamente inédito. Unas memorias que comenzó a trazar en el exilio de Poitiers -en cuya universidad ejercía como profesor de literatura española- y que tendrán en Andorra su acto final. Así que ha llegado el momento de devolver la palabra a Sergi Mas, que retrata no al autor sino al personaje. Por ejemplo, a través de la anécdota quien sabe si apócrifa y que otras fuentes -advierte Mas- atribuyen al filósofo Francesc Pujols. Cuenta la leyenda que al dirigirse hacia el exilio y justo en el momento de cruzar la frontera, Capdevila trocó la cazadora de cuero y la gorra de comisario por el sombrero de copa, la corbata de diplomático, los pantalones de mil rayas y los botines de charol: "En fin, que el batallón de gendarmes que vigilaba la aduana no tuvo más remedio que cuadrarse para rendirle honores: ¡menudo tío!"

El mismo tío, dice, que se iba al frente con su monóculo, hecho un dandy, y que en los días de vino y rosas, cuando triunfaba como dramaturgo en Madrid y alternaba con Benavente, Valle Inclán y Echegaray en la tertulia del Pombo, se hacía conducir por un chófer negro... Como Cela, ya ven, pero medio siglo antes. O más. Un dandismo que lo acompañó en sus días andorranos, cuando ejercía como asesor de Editorial Andorra -a él se debe en buena parte el impresionante catálogo del sello: Sender, Max Aub y en este plan- y venía a pasar sus verano en cal Nagol de Sant Julià de Lòria. Hasta que se quedó: "Siempre con la pipa cargada con tabaco Dunhill, con coñac francés a mano y con el sueño de adquirir una capillita románica para instalarse en ella con sus libros". En fin, ya lo saben: La República, el periodisme, el teatre. Y a poner velas para que alguien se dé por aludido y se decida a publicar los otros nueve volúmenes de su vida que se nos deben. 

[Este artículo se publicó el 12 de febrero de 2013 en El Periòdic d'Andorra]

domingo, 1 de junio de 2014

El maquis anarquista: ni ángeles ni demonios

Cuatro décadas después de la caída de los últimos maquis, el historiador Ferran Sánchez Agustí reconstruye la historia de la guerrilla anarquista. Atención, porque esto es novedad, sin concesiones hagiográficas.

El franquismo los despachó como bandoleros, facinerosos o delincuentes comunes, expediente dócilmente repetido por una prensa sumisa que de paso le ahorraba el esfuerzo y el riesgo de tener que reconocer e interpretar las implicaciones subversivas que el maquis anarquista comportaba. Por su parte, la escasa historiografía reciente que se atrevido a bucear en este apasionante y oscuro episodio del ,digamos, altofranquismo, se ha limitado en la mayoría de los casos a repetir acríticamente las versiones puestas en circulación en los años 70 por los autores hoy canónicos sobre la materia -Pons Prades y Téllez Solá, principalmente. El resultado ha sido una tendenciosa reescritura de la historia -quizás para saldar la deuda moral con los últimos luchadores antifranquistas- ha hecho insólita fortuna.

El caso más flagrante es el atraco que Josep Lluís Facerias perpetró en octubre de 1951 en el meublé de Pedralbes, golpa célebre recreado por el director Carles Balagué en La Casita Blanca -¿recuerdan la canción de Serrat: "Pero aquello era otra cosa..."- y que se saldó con el homicidio de un cliente de la casa de citas. La historia hoy oficial ha consagrado una versión apócrifa -per repetida ad nauseam- según la cual la víctima era un personaje más o menos próximo al Régimen, con conexiones estraperlistas y a quien Facerias pilló encamado con una sobrina menor de edad -sobrina del fulano este, no de Facerias. De ahí el vestidito de colegiala -al mejor estilo hentai- que el rumor popular y ahora también el erudito le endosaban a la chica. Pues resulta que Sánchez Agustí de ha molestado en rastrear las fuentes -incluida la partida de nacimiento de la susodicha- para descubrir con estupefacción que ni el muerto era un simpatizante franquista -de hecho, ni tan solo era un acaudalado estraperlista- ni la chica, a la que ha puesto nombre y apellidos -que por cierto se reserva- era sobrina suya. Y aún menos, menor de edad.

Facerias y Quique Martínez, en enero de 1947: el segundo cayó junto a Celes García el 26 de agosto de 1949 cuando estaban a punto de cruzar la frontera, camino de Francia; estén terrados en Espolla (Gerona). Atracador reincidente de la Casita Blanca, el célebre meublé de Pedralbes -y de Serrat- cayó víctima de una emboscada que le tendió la policía el 30 de agosto de 1957, en la esquina Urrutia y Pi i Molist de Barcelona. Fotografía: El maquis anarquista. 

El cadáver de Ramon Vila, Caracremanda, el último guerrillero, abatido en el paraje conocido como la Creu del Perelló, entre Castellnou y Balsareny, el 7 de agosto de 1963, cuando se retiraba a Francia tras su última misión: la voladura de tres torres de alta tensión en Sant Joan de Vilatorrada. Fotografía: El maquis anarquista.

Marcel·lí Massana (derecha) en 1977: fue de los pocos guerrilleros anarquistas que supo (y pudo) retirarse a tiempo: lo dejó en 1951, seis años después de echarse al monte. Acabó sus días en el mas Letaillet, en Couserans, en el Arieja, al otro lado de la frontera, donde había llevado desde su jubilación una vida espartana ganándose las alubias como payés, minero, mecánico y jornalero. Fotografía: El maquis anarquista.

¿Cómo llegó a adquirir carta de naturaleza una versión tan alejada de la realidad? El historiador lo tiene claro: "Una víctima con los antecedentes correctamente tuneados salvaba la reputación de Facerias y ocultaba el hecho de que se trató, simple y llanamente, de un asesinato a sangre fría. Es más: la propaganda anarquista lo podía explotar como la eliminación de un representante de la burguesía opresora, y a la vez desenmascaraba la doble moral de la sociedad de la época. Y todo esto, aliñado a los detalles morbosos del caso apócrifo, ayuda a vender libros".

Precisamente a la reconstrucción de la realidad histórica de la guerrilla antifranquista, hasta donde sea posible pero huyendo como se ve del lugar común por bienintencionado que sea, ha consagrado Sánchez Agustí El maquis anarquista (Milenio), la última, prolija y documentadísima entrega de la tetralogía que ha dedicado a la resistencia armada contra la dictadura de Franco, donde el reconocimiento del papel protagonista del maquis no le hace caer en la hagiografía. ¿Hay lugar para una historiografía científica, rigurosa, objetiva, que huya tanto de la demonización como de la idealización interesadas? "Sin duda", responde, "aunque hay que tener en cuenta que nos movemos en un ámbito en que la línea que separaba al simple bandolero del guerrillero antifranquista era muy delgada. Delgadísima". Facerias, por ejemplo, compaginaba los golpes de guerrilla urbana -el incendio de los depósitos de Campsa en la calle Sepúlveda de Barcelona, el amatrellamiento de la comisaría de Gracia, la bomba de la calle Ancha, la siembra periódica de octavillas subversivas...- con el atraco a sucursales bancarias y el asalto a meublés -su especialidad. Botín de la primera incursion en la Casita Blanca, el 5 d agosto de 1949: 700 pesetas en metálico, un reloj y un anillo de oro; una estilográfica y una petaca de plata, tres carteras de piel y unas gafas de sol... No le hacían ascos ni a las cartillas de racionamiento. Estas "expropiaciones" -según la terminología resistente- las explica Agustí por la precariedad de recursos, una de las constantes el maquis hasta el último momento: "No tenían otra manera de recaudar fondos: en el exilio, simplemente no había dinero; tampoco podían esperar gran cosa de las aportaciones de los simpatizantes del interior, ni tenían una Internacional detrás como había sido el caso del maquis comunista, el primero que históricamente se levantó en armas contra Franco". El resultado, concluye, es que pillaban lo que podían, y la realidad es que este tipo de resistencia estaba condenada a subsistir de una manera agónica: "Eso sí, en el maquis nadie se forró. Eran unos idealistas de austeridad probada que nunca se embolsaron un duro. Marcel·lí Massana, el único de los cuatro grandes que supo retirarse a tiempo, vivió muy humildemente hasta su fallecimiento en una pequeña granja del Arieja".

¿Cuál era entonces el objetivo del maquis anarquista? Constituye un flagrante anacronismo pensar que la finalidad de la guerrilla era instaurar una democracia representativa, con el reconocimiento de los derechos individuales, la división de poderes y el pluralismo político que ello comporta: "Con la victoria aliada, y especialmente tras el fusilamiento en febrero de 1946 de Cristino García -uno de los héroes de la Resistencia francesa contra los nazis- el maquis estaba convencido de que el derrocamiento de Franco era cuestión de tiempo". En esta coyuntura era altamente recomendable, llegado el caso, la existencia de fuerzas autóctonas que diesen apoyo a una eventual intervención aliada en los asuntos españoles. Pero con la reobertura de las fronteras, en 1948, Franco ve el camino expedito para explotar su papel de Centinela de Occidente. Es a partir de entonces cuando la guerrilla se convierte en un fenómeno marginal, de pura supervivencia, que no puede contar ni con el apoyo de un pueblo exhausto y medio muerto de hambre y de miedo. Desde 1951, la mismísima Frederica Montseny -máxima dirigente del movimiento libertario- desautoriza la lucha armada, y los que quedan son epígonos, individuos que hacen la guerra por su cuenta, a título individual. "En este contexto, al maquis sólo se apuntaba o un loco o un Quijote... dispuesto en cualquier caso a caminatas kilométricas, habitualmente de noche, cargando armamento semipesado, con el peligro constante de un encontronazo con la Guardia Civil y el temor a la delación, la detención y la tortura. Es en este sentido en el que sostengo que la del maquis fue la última guerra por unos ideales que tuvo lugar en el siglo XX". Pero, ¿qué querían? "Ni ellos mismos lo sabían, aunque cuando se les preguntaba al respecto respondían que estaban en eso para 'hacer la Revolución'".

Liberadores sin pueblo: una guerrilla aislada
La actividad guerrillea del maquis anarquista comenzó oficialmente en otoño de 1947, después de que el II congreso del Movimiento Libertario Español (MLE) convocado en Tolosa ordenara impulsar la resistencia, la acción directa y el sabotaje. Y continuó, a pesar del alto el fuego decretado en 1951 por Montseny, hasta la muerte de Ramon Vila Capdevila, Caracremada, el 7 de septiembre de 1963 en la localidad barcelonesa de Castellnou de Bages, triste hito que le valió el título de último guerrillero. Agustí hace balance de los tres lustros de la guerrilla catalana, y le salen más de un centenar de muertos: 12 civiles asesinados por el maquis, más 14 miembros de las fuerzas de seguridad y 37 guerrilleros caídos en enfrentamientos directos. Para terminar con los 39 guerrilleros capturados y fusilados. El período de máxima intensidad fue el trienio 1947-49, con acciones sonadas como el sabotaje de Carburos Metálicos de Berga, el apagón de Terrasa, los atentados contra los consulados de Brasil, Perú y Bolivia en Barcelona, y la continua voladura de torres eléctricas. Por lo que respecta al aspecto recaudatorio, en 1949 se contabilizó el montante total ingresado en concepto de "expropiaciones sociales forzosas": dos millones de pesetas, procedentes de medio centenar de golpes. Pura calderilla, sostiene Agustí, para unas gentes que pretendían nada menos que derrocar a Franco. La pregunta, después de todos estos muertos y de toda la gente -imposible averiguar cuánta- que terminó en prisión tiene que ser: ¿valió la pena?

Porque llegados a este punto hay que añadir otro de los matices que aporta Agustí a esta materia: el apoyo popular al maquis anarquista fue escaso. Escasísimo. Geográficamente se concentró en las localidades rurales de las comarcas barcelonesas del Bages y del Berguedà, donde las masías se encontraban justo en medio de las rutas habituales para llegar hasta Barcelona. En total, continúa, el maquis movilizó uno, como mucho dos centenares de activistas, más un millar de simpatizantes o colaboradores. Y aun esto, siendo generosos: "Una base popular ni existió ni hubiera podido existir, porque al pueblo derrotado no le quedaban fuerzas ni ánimos, y colaborar con la guerrilla significaba exponerse al riesgo de terribles represalias. Al final, casi todos fuimos algo, poco o mucho franquistas. Por acción o por omisión". En cualquier caso, las cifras delatan el nulo sentido de la realidad de unos hombres a quienes el exilio había alejado, y no solo geográficamente, del país que pretendían liberar. Aun así, Agustí insiste en limpiar la imagen de facinerosos que les endosó la propaganda franquista: "Hubo homicidios digamos accidentales, como el del meublé de Pedralbes, y víctimas inocentes, sí. Pero no eran hombres de gatillo fácil. Nada de tiros en la nuca".

¿De dónde salieron estos dos centenares de idealistas que se enrolaron en una guerra perdida de antemano? ¿Dónde se reclutó la clase de tropa que engrosó las listas de muertos, fusilados y prisioneros? "La extracción social era claramente obrera: Facerias había sido camarero; Quico Sabater, hojalatero; Massana, minero y jornalero... En la guerrilla anarquista no hubo grandes teóricos, ni pensadores de gran altura. Luchaban por derrocar el régimen emergido de la Guerra Civil y en ocasiones se apuntaban al maquis como última opción, porque si los pillaban iban directos a la prisión o al pelotón de fusilamiento".

Lo más hiriente de toda esta historia es el papel absolutamente marginal que el anarquismo tuvo durante la Transición, después de haber mantenido hasta bien entrados los años 60 la -digamos- llama de la resistencia armada. Y el relativo vacío historiográfico que aun hoy existe sobre la materia. Agustí se resiste a creer en un complot académico para silenciar el protagonismo de la guerrilla anarquista, sobre todo a partir de la fracasada invasión del Valle de Arán, en 1944, canto del cisne del maquis comunista: "La realidad, más prosaica, es que las condiciones de vida en los años 60 habían mejorado substancialmente. Con la democracia, y con pan para todos, conceptos como la lucha de clases y la democracia asamblearia habían perdido casi todo el sentido".


Ramon Vila Capdevila, 'Caracremada': el último idealista
Agustí lo trata de "personaje enigmático y fascinante, difícil de entender si no se tiene en cuenta que fue el último idealista". Su muerte, la medianoche del 6 de agosto de 1963, pone el punto final a la guerrilla antifranquista en Cataluña, hasta el punto que a Caracremada -Caraquemada, en catalán- le ha quedado el triste honor de ser considerado el último maquis. Cayó abatido por las balas e tres guardias civiles -Jerónimo Bernal, Evangelista Fernández y Anacleto Adeva- cuando se retiraba hacia Francia tras su último sabotaje, la voladura de tres torres de alta tensión en Sant Joan de Vilatorrada (Barcelona). Lo interceptaron en el paraje conocido por la Creu del Perelló, entre Castellnou de Bages y Balsareny. El historiador también refuta la versión oficial de la agonía de Caracremada a partir de a necropsia que se le practicó en el 2000, cuando sus restos fueron trasladados al cementerio de Castellnou: "Durante años circuló la especie de que Vila no expiró hasta la madrugada, tras seis horas de agonía, versión que comprensiblemente intenta alimentar la leyenda. Pero la gravísima herida que presentaba en la pierna izquierda precipitó el óbito en un plazo máximo de media hora, porque la bala fatal le provocó una hemorragia muy abundante". Agustí sólo le ha podido documentar la muerte de un guardia civil: "Fue un encontronazo: era o él o el guardia". Antiguo obrero téxtil, minero, leñador y payés, Vila se especializó en el sabotaje de la red eléctrica y actuó preferentemente en las comarcas del Bages y del Berguedà, en Barcelona. Su ruta habitual transcurría por la Molina, Toses y Setcases. En mayo de 1947 lideró un atentado contra Franco en una visita a las minas de Sallent. Frustrado, claro, como todos los de que fue objeto el dictador.


Josep Lluís i Facerias, 'Face': el Dillinger catalán
De los cuatro grandes de la guerrilla anarquista catalana, Facerias es el que merece en opinión de Agusti el  juicio más crítico: "Diría que fue el menos idealista de todos, hasta el punto de que en muchas ocasiones rayaba el puro bandolerismo. Y era a quien menos temblaba la mano a la hora de disparar". De hecho, es él quien disparó contra Antoni Massana en el meublé de Pedralbes, en otoño de 1951, en un episodio que Agustí ha reconstruido a partir de documentación inédita -y que el director Carles Balagué convirtió en película en La Casita Blanca. El historiador se aleja aquí del lugar común y sostiene que el silencio que muchas de sus víctimas de los asaltos a casa de citas no era debido al temor a quedar en evidencia sino a la consigna policial de no dar publicidad a sus fechorías. En cualquier caso, sí que le reconoce un carisma especial y llega a decir que "por la audacia de sus golpes, fue lo más próximo a un Dillinger que tuvimos por aquí. Además, era un tipo culto, elegante -le llamaban el Dandy- y que hablaba idiomas..." Antes de empezar su carrera como guerrillero, había ejercido como cajero y como camarero en la Rotonda, popular restaurante barcelonés ubicado al pie del Tibidabo. Debutó en julio de 1947 atracando la Hispano-Olivetti. En la década siguiente se labró una aureola legendaria: los objetivos -aparte las casas de citas- eran entidades bancarias, los consulados de países favorables la ingreso de España en la ONU y un sonado atentado con boba contra la tribuna instalada en el Paseo de Gracia de Barcelona, el 1 de abril de 1950, con motivo del desfile en conmemoración del -ejem- Día de la Victoria. En 1952 se refugió en Italia, de donde regresó en agosto de 1957 para una última aparición en escena: la caída de dos de sus compañeros reveló su posición a la policía, que el 30 de agosto le tendió una emboscada en el punto de reunión: la esquina entre los paseos Urrutia y Pi i Molist. Y cayó.



Marcel·lí Massana i Bancells, 'Pancho': una retirada a tiempo...
El único guerrillero del santoral anarquista que supo retirarse a tiempo, en 1951, seis años después de emprender la vía armada y cuando estaba a punto de ser repatriado desde Francia: "Estos hombres durísimos, curtidos en mil batallas, no temían morir en acción, sino a la tortura. Les producía auténtico terror", argumenta Agustí. Massana acabó sus días en 1981 en el mas Letaillet, en Couserans, en el Arieja, donde había llevado desde su jubilación una vida espartana dedicado a mil quehaceres: payés, minero, mecánico, jornalero... Había recalado en el maquis, como tantos otros, a través del contrabando, que ejercía por la ruta clásica que une Oseja y Guardiola de Berguedà. A diferencia de Facerias y de Sabaté, Massana practicó un maquis esencialmente rural, y el Bages y el Berguedà fueron -como en el caso de Caracremada- su escenario preferido: sabotajes contra las líneas de alta tensión -de escasa eficacia propagandística, dice Agustí, porque los apagones se acababan atribuyendo a las pertinaces restricciones-, los llamados "atracos económicos" e incluso secuestros, con incursiones de casytigo contra capataces y patronos especialmente odiados. Caracremada, Facerias, Massana y Sabaté son los más conocidos de entre los guerrilleros antifranquistas que operaron en Cataluña. Pero no fueron los únicos, como tampoco los anarquistas lo fueron en combatir con las armas en la mano contra el régimen franquista. Pero indiscutiblemente, brillan con luz propia y su recuerdo, más o menos tamizado, tuneado incluso, ha llegado hasta nosotros. Además, el hecho de ser algo así como los epígonos de la Guerra Civil -como los soldados japoneses que continuaron por su cuenta la guerra emboscados en la jungla hasta los años 70- unido a unas trayectorias con episodios espectaculares, les ha reservado en un lugar preferente en la memoria popular. Pero también hubo maquis comunistas -que fueron de hecho los promotores de la fracasada invasión del valle de Arán, en 1944- y los hubo también fuera de Cataluña, especialmente en Sierra Morena, Mamede, el Bierzo y el Maestrazgo, con la Pastora -recuerden- entre sus protagonistas.



Francesc Sabaté Llopart, 'Quico'
El más célebre de los maquis anarquistas tuvo en el acto final de su vida de guerrillero el momento de máxima audacia épica. El episodio es bien conocido: tras ser rodeado su comando por la Guardia Civil en el mas Clará de Palol de Revardit (Gerona), Quico Sabaté consiguió huir y subir -a la altura de Fornells- a un tren que hacía la ruta Portbou-Barcelona. Había dejado atrás los cadáveres de cuatro de sus compañeros y de un teniente de la Benemérita. Se bajó en Sant Celoni, donde tuvo lugar el enfretamiento final con dos miembros del somatén local -Abel Rocha y Josep Sibina- y con el sargento Antonio Martínez Collado. También en este punto la versión de Agustí difiere de la oficial: la bala que hirió de muerte a Sabaté salió efectivamente de la ametralladora de Rocha, que a su vez recibió dos impactos -uno en la pierna, que lo dejó por cierto cojo, y otro a la altura del corazón, que milagrosamente fue desviado por la granada que guardaba en el bolsillo de la guerrera. Pero quien remató a un agonizante Sabaté no fue Rocha sino su compañero Sibina: "Rocha no era un asesino; simplemente, cumplió con su deber", asegura Agustí, para quien Sabaté "siempre venía vendido por la información de sus movimientos que los infiltrados les pasaban a la policiía". Y es que, como apunta el historiador, "en aquellos años de estrecheces y de penurias, el régimen no escatimaba recursos a la hora de mantener bien engrasado el servicio de inteligencia y tener así controlada a la oposición". La jugada le salió redonda, porque tras la invasión del valle de Arán, Franco ya no estuvo nunca más contra las cuerdas y, como es bien sabido, murió en la cama. El maquis no derrocó ciertamente a la dictadura -ni el maquis, ni nadie, cabe añadir. Pero moralmente estuvo mucho más cerca de conseguirlo que la tropa de "asesinos de Franco" -con tanta voluntad como desacierto- recientemente retratada por Francesc-Marc Àlvaro.

Las rutas del maquis
¿Qué rutas seguían los guerrilleros en sus incursiones desde la base operativa, en el número 4 de la calle Belfort de Tolosa? El sector más peligroso era la frontera hispanofrancesa, con la zona tampón que la rodeaba y donde durante muchos años fue necesario el salvoconducto, el pase fronterizo para circular sin ser molestado por la policía franquista. Sabaté, por ejemplo, entraba por la parte de Setcases con destino a Moyá. Más de cien kilómetros, siempre de noche y a pie, evitando los núcleos de población y los caminos más transitados. Massana lo hacía por Oseja, en la Cerdaña francesa, y caminaba hasta Castellar de n'Hug, la Pobla de Lillet, Borredà y Guardiola de Berguedà, donde cogía el tren hacia Barcelona. Una marcha maratoniana que, si se olía el peligro, podía alargarse hasta Puig-reig, Berga, Manresa y, si hacía falta, Terrasa. Andorra también fue otro de sus puntos habituales de entrada, siguiendo la ruta tradicional del contrabando y donde pudo haber coincidido -pudo- con Baldrich y compañía. Por la zona del Ampurdán, preferían lugares remotos como Rabós. Se movían en grupos reducidos, de seis, siete, como mucho quince unidades. En cuanto alcanzaban zonas urbanas ocultaban las amas largas en zulos y se quedaban tan solo con pistolas y subfusiles, y las recogían terminada la misión: que nadie se piense, advierte Agustí, que aparecían un buen día por la plaza de Cataluña empuñando sus metralletas...

El doctor que salvó a Franco
Los libros de Sánchez Agustí siempre guardan una sorpresa, como los huevos Kinder. En el anterior, Espías, contrabando, maquis y evasión, planteó una hipótesis alternativa a la del suicidio oficial de Walter Benjamin: afirmaba que el filósofo falleció a consecuencia de una hemorragia cerebral, y aportaba como prueba la partida de defunción firmada por el doctor Ramon Vila Moreno. En El maquis anarquista, además de desmontar la versión oficial del asalto de Facerias al meublé de Pedralbes, da por primera vez noticia de los doctores catalanes que colaboraron con la guerrilla, jugándose como es notorio la libertad. Al lado de Josep Pujol Grau, Domingo Castells Batalla y Mariano Torralba Gómez, merece especial atención el doctor Joaquim Trias i Pujol (Badalona, 1887-Barcelona, 1964), detenido en diciembre de 1949 -y liberado un mes después- acusado de haber intervenido dos años antes al guerrillero Juan Cazorla, con dos heridas de bala que le atravesaban el intestino. De nada le valió, a Trias, el honor de haber sido el cirujano que el 29 de junio de 1916 había salvado la vida del entonces capitán Francisco Franco, que llegó a su ambulancia móvil con el hígado perforado por un proyectil. Ocurrió en los alrededores de Ceuta, donde Trias servía como médico militar del ejército español desplegado en el Protectorado de Marruecos. Durante la Guerra Civil sirvió como comandante en jefe des unidades de Sanidad del ejército del este, y desde 1939 hasta 1947 vivió en el exilio -Andorra incluida: montó un ambulatorio en la Casa Rebés por el que pasaron algunos de los refugiados de guerra reseñados en este blog. La cuestión que no podemos evitar plantearnos es: ¿cómo hubiera cambiado la historia de España si el capitán Franco hubiera ido a parar a manos de un cirujano menos eminente que Trias? Y el doctor, ¿lo hubiera tratado tan bien de haber sabido lo que ocurriría 20 años después?

[Este artículo se publicó el 19 de mayo de 2006 en la revista Presència]