Blog de temática preferente pero no exclusivamente bélica que se fijará sobre todo en los episodios que tuvieron lugar en Andorra y cercanías durante la Guerra Civil española, la II Guerra Mundial y la postguerra, con ocasionales singladuras a alta mar, ultramar y si conviene más allá.
[Fotografía de portada: El Pas de la Casa (Andorra), 16 de enero de 1944. La esvástica ondea en el mástil del puesto de la aduana francesa. Copyright: Fondo Francesc Pantebre / Archivo Nacional de Andorra]

domingo, 22 de junio de 2014

El Palanca y el misterio de Tor

Núria Comes traza en El hombre de Tor una aproximación más o menos íntima a la vida de Jordi Riba, protagonista principal de la dramática y sangrienta historia de este pueblo del Pallars a lo largo del último medio siglo.

Pónganse el cinturón de seguridad. O mejor aún, el chaleco antibalas. Porque regresamos -glups- a Tor. Ya saben: la montaña maldita, el feudo de dos antagonistas proteicos -Josep Montané, alias lo ros de Sansa, y Jordi Riba, el Palanca- el remoto pueblo del Pallars colindante con Andorra doblemente sacudido por la tragedia: en julio de 1980, cuando dos secuaces del Palanca cayeron abatidos a tiros por los guardaespaldas de Sansa, y en julio de 1995, cuando el mismo Montané apareció muerto en el interior de casa Sansa, con el cráneo reventado y un alambre anudado al cuello. Un crimen, este último, que cuatro lustros después continúa impune. En fin, como para aparecer por Tor un mes en pleno verano.

Jordi Riba, el Palanca, uno de los protagonistas de la siniestra y sangrienta historia de Tor, con los vecinos enfrentados por la explotación del monte comunal, y cinco muertes violentas registradas desde 1980... Cinco muertos en una localidad donde apenas residen una docena de vecinos, y de forma intermitente... Fotografía: El Periòdic d'Andorra.
Tor, en la comarca leridana del Pallars Sobirà, se encuentra en la frontera: una pista forestal conduce a lo alto del puerto de Cabús; al otro lado, Andorra, que construyó en los años 70 una carretera asfaltada de siete metros de ancho que ha sido desde entonces conocida como la autopista del contrabando. Se dice que por este lugar llegaron a circular incluso misiles Exocet... Fotografía: El Periòdic d'Andorra.

Estos son telegráficamente los sucesos por los que Tor ingresó con todos los honores y por la puerta grande en la crónica negra hispana. Unos sucesos que Carles Porta narró con pelos y señales hace un decenio en Tretze cases i tres morts. De la española... y ni que sea indirectamente, también de la andorrana: en primer lugar, porque el camino que une esta localidad con el puerto de Cabús -y que por lo tanto, conecta con Andorra- fue durante muchos años una auténtica obsesión para el difunto Sansa; pero sobre todo, porque una vez construido el enlace por el lado andorrano -en 1978, una carretera asfaltada de siete metros de ancho, en contraste con la precaria pista forestal en que quedó por el lado español- aquello se convirtió en algo muy parecido a una autopista con los todoterrenos de los contrabandistas -y hay que pensar que también de los GAR- como exclusivos usuarios.
Pero si Sansa y, sobre todo, el Palanca, vuelven a estar de actualidad, es por la reciente publicación de L'home de Tor (Pagès), aproximación a la novelesca de Riba escrita a cuatro a manos por él mismo y por Núria Comes. Atención, porque la autora juega con ventaja respecto a quienes antes que ella se han atrevido a husmear en este sórdido asunto: en primer lugar, el acceso directo al protagonista, con quien le une la mutua pasión por los animales -el Palanca se ha dedicado desde siempre a la cría caballar, y Comes regenta en Alins, en el mismo Pallars, una explotación equina. Además, el padre de la autora trabajó en los años 60 para Sansa en la apertura de la pista que conduce al puerto de Cabús. Información como se ve de primerísima mano que le ha permitido trazar un retrato de los que define como "los dos máximos protagonistas de la historia de Tor durante el siglo XX".
Este conocimiento directo, casi íntimo, es lo que diferencia L'home de Tor de la otra aproximación literaria a los hechos, el relato hoy canónico de Porta, que recreó a crónica negra local en clave documental y que en 2005 se convirtió en una bomba editorial: "A mí me enganchó, como a tantos otros lectores", admite Comes. "Pero me lo tomo más como una novela de intriga que como una crónica realista. En mi opinión, ofrece una visión simplista unos hechos en realidad enormemente complejos: la perspectiva del forastero que llega al pueblo, habla con unos y con otros y reproduce lo que le han contado. No intenta atar cabos ni explicar por qué ocurrió todo aquello".

Pero, ¿por qué en Tor, precisamente?
La pregunta, llegados a este punto, resulta obvia: ¿por qué Tor, precisamente Tor, se convirtió en escenario de tres asesinatos -más otras dos muertes más o menos accidentales que Comes reseña al final del libro? La tesis que ella propone es singularmente atractiva: no nos encontramos ante un suculento drama rural del estilo de Laura, Solitud, La puñalada o Los santos inocentes, sino ante unos hechos que recuerdan asombrosamente a los grandes argumentos de la tragedia griega. Ahí es nada. Lo resume el antropólogo Pau Comes en el prólogo de L'home de Tor: "No se trata de los destinos de dos hombres, sino del destino de una colectividad: la grandeza de estos personaje radica en el hecho de que, a pesar de que todos los augurios les son contrarios, serán capaces de asumir su sino, ir a la batalla y enfrentarse a unas fuerzas telúricas de las que no pueden huir".
La tesis de Comes -de Núria y de Pau- es que Sansa y el Palanca no actúan movidos por intereses, odios, manías, obsesiones o incluso patologías individuales, sino que responden a un conjunto de factores geográficos, económicos, sociales y culturales, estas fuerzas telúricas a las que no pueden escapar y que finalmente los emparentan antes con Aquiles, Ulises y Agamenon que con los personajes de Miquel Llor, Víctor Català, Joaquim Vayreda o Ramón J. Sender. Para la autora, Montané y Riba sn el resultado final de siglos de historia colectiva: los últimos representantes de dos longevos linajes -Casa Sansa y Casa Palanques- que se remontan al siglo XVI, las dos familias más poderosas de Tor, enfrentadas en un antagonismo secular ¿recuerdan Vacas, el debut de Julio Medem?- y que se perpetuará en la Sociedad de Copropietarios constituida en el siglo XIX para la explotación colectiva de las 4.800 hectáreas de la montaña de Tor. No deja de ser una paradoja que a estos dos héroes los describa Comes como a dos caracteres "igualmente fuertes, arrogantes, huraños y, cuando se lo proponían, igualmente seductores. Eran como dos gotas de agua".

Con la Iglesia hemos topado
Aquí radica, aventura, una de las claves del odio que se profesaban Sansa y el Palanca, que además encarnaban -probablemente sin ser conscientes de ello- dos maneras diametralmente opuestas de enfrentarse a los nuevos tiempos: el primero soñaba unir Tor con la frontera andorrana y levantar en la montaña unas pistas de esquí que aportaran al pueblo la misma prosperidad que se gestaba al otro lado de la frontera, en la vecina estación de Pal; el Palanca, en cambio, se aferraba a las explotaciones tradicionales -la extracción de leña, los pastos y la cría de ganado- y se erigía en el defensor de una forma de vida secular y condenada a la desaparición. Las otras once familias copropietarias de la montaña se aliaban con uno o con otro según de donde soplara el viento -o las expectativas de negocio. Uno de los episodios más sorprendentes que Comes consigna en L'home de Tor es que en los años 60 los futuros y acérrimos enemigos se unieron en una efímera aventura comercial: Sansa y el Palanca adquirieron a medias una máquina para segar que alquilaban de feria en feria. La sociedad se disolvió porque el primero -según el segundo, claro- "tenía la manga muy ancha, sobre todo cuando los gastos iban a medias, y en la tercera feria ya nos habíamos gastado más de lo que había costado la dichosa máquina". ¿Cuándo nace la rivalidad entre estos dos hombres, una rivalidad que llegará a ser en estas montañas legendaria? Según el Palanca, "cuando Pepe [es decir, Sansa] se vio convertido en heredero de su casa comenzó a liarla". Lo dice así porque Sansa, el cuarto de siete hermanos, parecía relegado al puesto de segundón. Pues no.
También tuvo mucho que ver en todo esto Rubén Castañer, un hombre de armas tomar, promotor establecido en Andorra y apoyado, según decía, por un grupo de inversores británicos con los que Sansa soñaba con hacer realidad su estación. Aquella quimera terminó con las muertes de 1980. Aun habría un tercer cadáver: el del mismo Sansa, en un colofón siniestro digno de esta truculenta historia. En las conversaciones con Comes, Riba se resiste sistemáticamente a evocar el sórdido episodio del asesinato de su vecino, rival y antiguo socio. Lo único que admite es que él hubiera sido la tercera víctima de 1980 si sus guardaespaldas no hubieran intervenido para evitarlo. ¿Y cómo está hoy el pleito por la montaña? En mayo de 205 -diez años después de la muerte de Sansa- el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña dictaminó que la propiedad pertenece a los herederos de los condueños originales. Con el añadido, atención y por si fuéramos pocos, de la Iglesia, que reclama su parte en virtud de una cláusula del contrato original de la Sociedad que le reconocía al rector de Tor ciertos derechos... mientras residiera en el pueblo. Ni que decir tiene que en Tor no reside hoy nadie de forma permanente. Pero parece que, previsores como son los servidores del Señor, acaban de restaurar la rectoría...

[Este artículo se publicó el 16 de enero de 2011 en El Periòdic d'Andorra]


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