Blog de temática preferente pero no exclusivamente bélica que se fijará sobre todo en los episodios que tuvieron lugar en Andorra y cercanías durante la Guerra Civil española, la II Guerra Mundial y la postguerra, con ocasionales singladuras a alta mar, ultramar y si conviene más allá.
[Fotografía de portada: El Pas de la Casa (Andorra), 16 de enero de 1944. La esvástica ondea en el mástil del puesto de la aduana francesa. Copyright: Fondo Francesc Pantebre / Archivo Nacional de Andorra]

viernes, 29 de agosto de 2014

Jacinto Bonales, autor de 'Història territorial de la Vall d'Andorra': "Los conflictos por las lindes fronterizas resurgirán con la aparición de nuevos recursos en los territorios en disputa"

El historiador leridano Jacinto Bonales (Tremp, 1969) se ha llevado las dos últimas ediciones del premio Principado de Andorra de investigación histórica [2012 y 2013] con Història territorial de la Vall d'Andorra, abstruso título bajo el que se oculta un exhaustivo tocho que estudia la influencia mutua entre hombre y paisaje, o entre hombre y territorio, y cómo esta estrecha interrelación ha ido configurando a lo largo de los siglos -¡y de los milenios!- las actuales divisiones administrativas. Una perspectiva absolutamente inédita, ya ven, que entre nosotros sólo había practicado el mismo Bonales en Andorra la Vella sense límits (2011).

-Parece que el territorio andorrano haya sido siempre el que es hoy, pero no. ¿A cuándo se remonta el perfil actual del país?
-Se empieza a configurar entre los siglos XI y XIII, estimulado por el conflicto con los señores feudales, y en los siglos XIV y XV se consolida tal como lo conocemos. Con un detalle: los andorranos conservaron ciertos derechos de aprovechamiento -emprius, según el derecho consuetudinario catalán- fuera del territorio.

-¿Queda alguno vigente?
-El tratado de 1863 que delimita la frontera entre Andorra y España reconocía por ejemplo del derecho de pasto, leña y agua en la montaña de Setúria, por el lado de Tor y de Os de Civís. Pero este, como otros, ha prescrito por desuso.

-Ya que hablamos del tratado de 1863: ¿este convenio y el firmado con Francia en 2012, delimitan oficialmente y definitivamente el territorio andorrano?
-El de 1863 baja al detalle y marca la frontera con hitos sobre el terreno, algunos de los cuales todavía se conservan hoy. El acuerdo con Francia, en cambio, se refiere sólo a la zona del Pas de la Casa. Se entiende que el resto de la frontera la delimita la vertiente.

-¿Podemos imaginar que en la época romana ya existía una Proto-Andorra diferenciada de los valles vecinos? ¿O es mucho imaginar?
-Podemos, pero era muy, muy Proto-Andorra, aquella Andorra. Roma colonizó sin ningún género de dudas lo que hoy es el Alto Urgel y la Cerdaña, dividiendo el territorio en centurias; Andorra, en cambio, era un vicus, un territorio plenamente romano pero que organizaba de forma diferente la explotación de sus recursos.

-¿Ocurre en algún otro valle pirenaico, o se trata de una especificidad andorrana?
-Suponemos que en el Pallars se produjo un proceso de romanización similar al andorrano, como en los valles más elevados de Aragón y Navarra.

-Andorra, ¿estaba geográficamente predestinada a convertirse en lo que es hoy?
-No lo creo. Lo que ocurre es que desde los mismos inicios de la feudalización la oligarquía local juega a dos cartas, buscando ahora el apoyo de un señor -los Caboet- o del otro -el obispo de Urgel. Eso sí: la destrucción de los castillos de Bragafolls y la Margineda son dos auténticos hitos contra el feudalismo... logrados jugando con las cartas y las reglas del mismo feudalismo. Un obra maestra de los políticos andorranos del momento.

-La delimitación territorial, ¿es una cuestión zanjada?
-En la medida en que surjan nuevos intereses por la explotación de los recursos, aparecerán nuevos conflictos o se reproducirán los antiguos. ¿Cómo? Podría ocurrir que una parte recurriera a antiguos derechos quizás caídos en desuso, o que cuestionara fronteras no del todo consolidadas. Pensemos que en un momento dado el término de Arcavell se comía -según sus vecinos, claro- casi la mitad de lo que hoy es Sant Julià de Lòria. Una reclamación que podría resucitar en condiciones adecuadas.

-¿Existe alguna zona potencialmente conflictiva?
-En el interior de Andorra, sí: los tres límites que se han discutido a lo largo del último milenio.

-Que son...
-...Los límites entre Andorra la Vella y Sant Julià de Lòria; entre la Massana y Ordino, y entre Encamp y Canillo. Pero si recurrimos a la documentación medieval es posible saber exactamente por dónde transcurría cada línea de término.

-Por lo tanto, está claro quién tiene razón y quién, no.
-Lo está. Pero hay que tener en cuenta que más allá de los límites hay otros derechos -como el de empriu- que pueden desdibujar, matizar o discutir esta línea.

-Intentémoslo: entre Andorra la Vella y Sant Julià de Lòria, ¿quién tiene las de ganar?
-Según la documentación, el límite pasa por la cruz de Santa Teresa, como sostiene la capital, y no por la Margineda, como pretende Sant Julià. Y así lo han reconocido los mismos lauredianos en diversos momentos de la historia. Pero también es cierto que Sant Julià ha explotado durante tanto tiempo esta zona que casi podría considerarse un espacio medianero.

-¿Y entre Ordino y la Massana?
-Otro término medianero: la zona de la Gonarda. Según los papeles, era una franja de administración conjunta entre el comú de la Massana y el quart de Ordino. Pero a caballo entre los siglos XX y XXI tiene poco sentido, reconozcámoslo, referirnos a términos medianeros.

-En el caso de Concòrdia, el juez ya ha dicho la última palabra.
-Todos los mojones están sentenciados. Unos, recientemente; otros, desde hace siglos. Y muchos de ellos, en repetidas ocasiones. Pero la conflictividad resurge cuando aparecen nuevos recursos por explotar.

-¿Hay algún episodio especialmente sangriento, en este proceso de consolidación del territorio andorrano?
-Muchos. Por ejemplo en el siglo XIV, cuando los andorranos topan con los señores feudales de la Cerdaña en Cantabrà, por un derecho de empriu que Andorra la Vella tenía sobre el término de Lles. Se sucedieron una serie de incursiones y las consiguientes represalias que terminaron con cuatro muertos por parte catalana.

-Los andorranos vencieron. Por lo menos en esta ocasión.
-A medias, porque el litigio derivó en un juicio que condenó a la parte andorrana a resarcir al señor de Lles el valor de los cuatro desgraciados que se dejaron el pellejo en el incidente.

-¿Qué tesis propone en su Historia territorial...?
-Si miramos un mapa de Andorra actual, comprobaremos que muchas de las divisiones administrativas existentes no aparecen reflejadas en él.

-¿Por ejemplo?
-Los límites entre Andorra la Vella y Sant Julià de Lòria. Pero aún hay más: tampoco coinciden exactamente los límites entre Andorra y España... según nos fijemos en el mapa oficial de uno u otro país.

-¿Ah, no?
-Pues no. Por la parte del coll de Vallcivera, por ejemplo. Esto no quiere decir que se trate de un territorio en disputa, sino que los mapas reflejan interpretaciones diferentes. El mismo caso se registra en los límites entre Sant Julià de Lòria y Os de Civís, en la montaña de Cervellà.

-¿Y por qué ocurre, esto?
-La hipótesis que planteo es que a lo largo de los siglos los andorranos han ido dando forma al espacio y han creado una serie de instituciones en un proceso en el que también han intervenido fuerzas externas como la romanización y el feudalismo, y que han influido en la concreción de los límites actuales. Unos límites cuyos orígenes pueden rastrearse perfectamente desde la Edad Media, por lo menos.

-Tan "perfectamente" no será, cuando se dan estas dudas y estas vacilaciones en algo aparentemente tan claro como es por donde pasa una frontera.
-El hecho de que algunos de estos límites no aparezcan en los mapas actuales no significa que no existan desde, pongamos, el siglo XV.

-Pues tendrá que explicarme por qué han desaparecido del mapa, estos límites.
-Por las disputas cíclicas que se irán sucediendo en la época moderna y contemporánea, muchas veces por la incapacidad de interpretar correctamente lo que un antiguo pergamino dice sobre los límites en discordia.

-¿Cuáles son los puntos más calientes en la delimitación territorial de Andorra?
-Hay un buen puñado de ellos, desde el derecho de empriu de la Massana sobre el término de Encodina, en Ordino, o el del término catalán de Arcavell sobre el bosque de la Rabassa, en Sant Julià de Lòria.

-¿Y los momentos más conflictivos?
-Los siglos XII y XIII, cuando los señores feudales intentaron establecer dominicaturas con castillo incluido en el interior de Andorra: tenemos los casos bien conocidos de la Margineda y Bragafolls.

-Lo intentaron... Les salió el tiro por la culata, me temo.
-Exactamente: tuvieron que demoler las fortalezas, y esto gracias a la reacción a tiempo de las parroquias, que habían visto lo que ocurría en los términos vecinos: en Os, por ejemplo, la erección del castillo comportó que el pueblo se convirtiera en un dominio señorial. Por supuesto, la acción señorial y la consiguiente reacción popular tuvo consecuencias en la configuración de las divisiones administrativas.

-A ver, a ver.
-Cuando se destruye el castillo de Bragafolls, el conde reparte el territorio y establece qué parte de él será gestionada por el quart [la parroquia, o municipio, se subdivide en diferentes quart, o vecindarios con entidad propia] y qué parte, no. Por eso el mas de Tolse quedó bajo el dominio del monasterio de Sant Serni de Tavèrnoles: una isla feudal dentro de la parroquia de Sant Julià de Lòria.

-¿Por qué la feudalización fracasa en Andorra y triunfa en el resto de los Pirineos? ¿Qué nos hizo ser diferentes?
-La unidad de los andorranos, una circunstancia que en parte también se registró en los valles vecinos de Àneu y de Arán. En las zonas próximas del Alto Urgel y de la Cerdaña la población estaba muy polarizada, con unos pocos vecinos poderosos al servicio del conde y titulares de dominicaturas; no es que en Andorra no existieran, estas familias prominentes y cercanas al poder, pero el pueblo supo jugar la carta de la dualidad de poderes, buscando apoyos en el conde o en el obispo, según la coyuntura y las necesidades. Por este motivo el feudalismo no fue en Andorra un elemento disgregador.

-¿Cuándo comienza el hombre a intervenir en el territorio de lo que hoy es Andorra?
-En el Neolítico, cuando arranca la agricultura. Los andorranos practicaron la quema de bosque y sotobosque para mantener los pastos mucho antes que en la vertiente norte de los Pirineos. Esto implica, a su vez, que crearon unos circuitos ganaderos antes de la configuración de las fronteras actuales.

-¿De qué época estamos hablando?
-De la Edad del Bronce, sobre el 1500 aC.

-¿En qué otros momentos se intensifica la modificación del paisaje?
-La antropización del territorio empieza mucho antes de la época romana. La explotación intensiva del bosque para alimentar las fargues -fraguas- durante los siglos XVII y XVIII fue muy aparatosa, pero no hay que olvidar que se registró una explotación no menos intensiva desde la Edad del Bronce para convertir el bosque en pastos.

-¿Y cuándo se produce la mayor presión sobre el paisaje?
-En el siglo XIV: pensemos que en aquella época el cultivo del cereal llegaba hasta lo alto del coll de Montaner... ¡A más de 2.000 metros! Lo que ocurre es que con las crisis demográficas que se sucedieron inmediatamente después l zona de cultivo se retiró a cotas más bajas.

-Por lo tanto, ya podemos ir desterrando el prejuicio de que la montaña y el bosque no han estado nunca tan amenazados como en la actualidad.
-Al contrario: desde los años 50 y 60 se han ido abandonando cultivos de altura y el bosque ha crecido como nunca antes. Si observamos cualquier fotografía de principios de siglo XX, veremos las montañas completamente peladas, casi no existía el bosque. Paradójicamente, es a partir de la urbanización, del abandono de la agricultura intensiva y de la ganadería extensiva y de la explotación forestal cuando el bosque crece de forma nunca vista.

-¿No hubo nunca peligro cierto de sobreexplotación?
-Eran muy conscientes de lo que se jugaban: cuando se detectaba un desequilibrio entre población y recursos inmediatamente articulaban mecanismos para evitar la depredación, con cotos y límites al ganado que podía pastar en determinado lugar.

-¿Y de superpoblación?
-El máximo demográfico se registra en Occidente a finales del siglo XIII y principios del XIV. Y precisamente para evitar la superpoblación se impuso un sistema que favorecía la emigración de los segundones. Así conseguían mantener un índice demográfico bajo que garantizaba la suficiencia de los recursos, e incluso un pequeño excedente. A partir del siglo XIV, el cambio climático, las malas cosechas y la peste alejaron durante muchos siglos el peligro de una explosión malthusiana.

-¿Existen rincones vírgenes, no tocados por la mano del hombre?
-No. Hasta las zonas hoy más boscosas han prosperado en los últimos 40 o 50 años: Costafreda o Palomera, en Sant Julià de Lòria, que hoy son bosques frondosísimos, eran hace un siglo parajes prácticamente desforestados.

-¿Cuál es el momento álgido de la agricultura en Andorra?
-Los siglos XII, XIII y XIV, cuando el cereal y la viña e incluso algo de olivo se cultivaban en todo el país.

-¿Y qué lugar ocupa el valle del Madriu, hoy patrimonio de la Humanidad, en toda esta historia?
-Fundamental: es un paisaje antropizado, de bosques y pastos donde podemos leer la historia de los últimos 2.000 años, y no sólo la de Andorra sino la de todo el Pirineo.

-Para terminar, ¿por qué un hijo del Pallars vecino de Mequinenza se ha especializado en la historia del paisaje andorrano?
-Hace diez años me encargaron un estudio de la Solana de Andorra la Vella. Entonces comprobé que la documentación conservada en los archivos del país era mucho más abundante y rica que la que se ha conservado en Cataluña, y que estudiar esta documentación nos ayudaría a comprender el funcionamiento de las comunidades de montaña no sólo de Andorra sino también -otra vez- de todo el Pirineo.

[Este artículo refunde dos entrevistas publicadas el 2 de noviembre de 2012 y el 16 de octubre de 2013 en El Periòdic d'Andorra]




jueves, 28 de agosto de 2014

La dura vida en el Salvaje Norte

Corría el año 1686, y los hombres de Canillo y de Encamp no se cortaban un pelo a la hora de dirimir sus diferencias con sus incómodos vecinos franceses. Lo sufrió en sus carnes un tal Martí, batlle de Enveig, al otro lado de la frontera, que había dejado temerariamente a una treintena de reses pastando al pie del Pimorén. Los animales, claro, no entienden de fronteras y cosas así, y fueron y cruzaron el río Arieja para pastar en el lugar que hoy se conoce como la Vaca Morta -enseguida entenderán por qué. En plena Solana, territorio litigioso que tanto unos -andorranos- como otros -gabachos- reclamaban como propia: faltaba todavía un siglo y medio para que el tribunal de Tolosa (1834) resolviera definitivamente la andorranidad de aquel pedazo de yermo. Así que los de Canillo -y sus vecinos de Encamp- tiraron de usos y costumbres -algo bestias, enseguida lo comprobarán-, se agenciaron los animales y se los llevaron a casa. A la suya, claro. Pero no a todos: a una de las vacas la sacrificaron in situ de un tiro para "marcar con su sangre el lugar donde la pignorada de las bestias debía de hacerse". Lo explica Martí Salvans, conseller general aquí en la faceta de historiador -"aficionado, que conste", pide- en uno de los momentos culminantes de De la Solana d'Andorra, prometedora monografía que se zambulle en la historia del Extremo Norte del país y con el que Salvans se embolsó un accésit del premio Principado de Andorra de investigación histórica del 2010.
Se trata, continúa, del último caso de degolla documentado en el país. ¿"Degolla"? Pues sí: así se denominaba a esta expeditiva y algo salvaje práctica de liquidar uno de los animales que se había aventurado a pastar sin  autorización en tierra andorrana, y confiscar de paso el resto del ganado como prenda que garantizase el pago de la consecuente multa. Hay que añadir que a nuestros fogosos andorranos la broma les acabó saliendo algo cara porque el tal Martí, el batlle de Enveig, se chivó al gobernador de Mont-Louis -un día habrá que hablar de esta especacular fortaleza levantada por el ingeniero Vauban en 1679 en la entonces recién adquirida Cerdaña francesa. Y con los franceses, ya se sabe, no caben bromas: resulta que un escuadrón gabacho -"mil hómens" de nada, según las fuentes- se plantó como si nada en Canillo "i sen aporta presoners a vuyt homens de la mateixa parrochia dels quals ne detingue sis de presoners en la plassa de Monlluis". Glups. La cosa se prolongó un par de meses, para desesperación de los homens de Canillo tomados ellos mismos como prenda. Y no resolvió hasta que el cristianísimo rey de Francia dictó una ordonnance aboliendo el recurso a la degolla y estableciendo que los futuros litigios por incursiones de animales en tierras del vecino se resolvieran con el nombramiento de un tribunal paritario. Algo decididamente razonable, por mucho que viniera del rey de Francia. 
Así las gastaban unos y otros, en fin, en el territorio de la Devesa d'Erevall o Solana d'Andorra, como históricamente se ha denominado al extremo nordeste del país, la única parte estratégicamente situada en la vertiente atlántica de los Pirineos. Un capricho geopolítico que se tradujo en seis siglos de sempiterna conflictividad entre andorranos, de un lado, y merangueses, querolanos y deretanos, por el otro. Este mal ambiente entre vecinos condenados a entenderse tuvo de paso un curioso efecto colateral: por lo menos en estos asuntos en que tocaba enfrentarse al pérfido francés, Canillo y Encamp olvidaron provisionalmente las diferencias por el territorio de Concordia que han envenenado tradicionalmente las relaciones entre las dos localidades y lograron unirse frente al enemigo común. Más de uno se sorprenderá de que un territorio deshabitado -el Pas de la Casa data de los años 30 del siglo XX: anteayer, como quien dice- y prácticamente desolado levantara semejantes pasiones entre vecinos de uno y otro lado del río Arieja. Pero no nos equivoquemos: se trata de los mejores pastos del país, advierte Salvans, hasta el punto de que a mediados del verano -a partir del 15 de agosto, exactamente- empezaban a subir grupos de segadores. A 2.000 metros de altura, y más. Sí.
De la Solana d'Andorra repasa, en fin, los conflictos surgidos a lo largo de seis siglos de problemática convivencia y, sobre todo, el laberíntico y apasionante corpus jurídico y administrativo que regulaba derechos y deberes, con los banders levantando acta de las infracciones e imponiendo bans, multas a los infractores. Atención a la sección cartográfica del libro, con joyas como el mapa de 1811 levantado por orden de Napoleón con la vista puesta en una hipotética anexión de la Solana con el argumento, ya saben, de que un territorio que desagua en el Atlántico debía ser naturalmente francés. No hubo ocasión, pero el emperador había previsto incluso que la Solana se repartiría entre la Arieja y los Pirineos Orientales. Lo más curiosos de todo es que De la Solana d'Andorra, con su mina de anécdotas, es un subproducto de la manía toponímica de Salvans, autor también -ya saben- de Andorra románica, Andorra vascónica. Así que si además de las escaramuzas a cuenta del ganado tiene el lector algún interés en los nombres de lugar, ese es también su libro, porque Salvans ha identificado medio millar de topónimos en la zona de la Solana, territorio hasta ahora casi virgen hasta el punto de que la topografía oficial sólo consigna medio centenar de nombres. Hasta ahora, claro. Para acabar, descubrirán lo que era una allargada, un aixivernil, un dec o una tala, y descubrirán que Encamo y Canillo, contra todo pronóstico, sabían enterrar cuando convenía el hacha de guerra para hacer frente al rostro pálido de turno. De la Solana d'Andorra, que es un buen tocho, quizás no será la lectura del verano, pero se le parece mucho. Prueben, prueben, y luego nos lo dicen.

[Este artículo se publicó el 1 de julio de 2011 en El Periòdic d'Andorra]

Andorra, ¿era un pez, o se trataba de una fruta?

El bibliógrafo Pere-Miquel Fonolleda descubre en la revista Ex-libris el periplo andorrano de Richard Hallibruton, viajero norteamericano que en 1925 dejó constancia de sus prejuicios y experiencias con la fauna local en el volumen The royal road to romance; entre los hitos de la trayectoria de este aventurero con ínfulas románticas se cuentan la travesía del canal de Panamá... ¡a nado! -previo peaje de 36 céntimos de dólar, el más reducido en los cien años de historia del canal- y la primera ascensión hivernal al monte Fuji. Documentada, claro. Para culminar una peripecia digna de un Scott, un Shackleton o un Mallory, Halliburton desapareció en 1939 en algún lugar del océano Pacífico, cuando pretendía llegar con el junco Sea Dragon a San Francisco. Había zarpado de Hong Kong.

Creíamos que el capítulo de excéntricos, amables viajeros anglosajones que se plantaron en Andorra a caballo entre los siglos XIX y XX -cuando el país tenía justa fama de ser "la más pequeña, la más antigua, la más elevada, la más pintoresca y la más aislada república del universo", por decirlo con las exactas palabras de nuestro hombre- y que tuvieron el detalle de dejar constancia escrita de la jornada la habíamos cerrado con Bayard Taylor, Cunninghame, Deverell y Meriwether. Pues nos equivocábamos. Y mucho. Porque va y el bibliógrafo (y librero) Pere-Miquel Fonolleda nos descubre en el último número de Ex-libris -la exquisita revista que cada Sant Jordi se saca de la manga la Biblioteca Nacional- el periplo andorrano de Richard Halliburton (Brownsville, Tennessee, 1900-océano Pacífico, 1939). He aquí un personaje que por momentos parece sacado de una novela de Scott Fitzgerald, que nada más licenciarse en Priceton y bajo la influencia del Dorian Gray de Wilde -"Aprovecha la juventud mientras la tienes. ¡Juventud! No existe nada más en el mundo, excepto la juventud"- decide lanzarse a la aventura y convertirse en el más grande viajero de su época. No lo tenía fácil. Piensen en Scott, en Shackleton, en Mallory. Eso sí, le puso un digno colofón al intento porque el hombre murió en 1939, cuando el junco Sea Dragon con que había zarpado de Hong Kong y a bordo del que pretendía llegar a San Francisco -y en solitario: ¡ni nuestro Edward Allcard!- naufragó en algún lugar del Pacífico. Thor Heyerdahl seguro que se lo agradeció.





"He aquí al presidente de Andorra, que posó para mí: me cogió del brazo, me hizo entrar en la cocina de su Casa Blanca y me hizo sentar en un gran banco..." Por lo visto, en la semana que estuvo por aquí arriba Halliburton intimó con el síndico Vilarubla. En la imagen central posa muy satisfecho ante el Taj Mahal, una de las paradas de su vuelta al mundo; arriba, portada de The royal road to romance, su primer libro (1925), con las peripecias de del viaje. 

Hay que reconocer, sin embargo, que Halliburton puso le puso todas las ganas a su empeño. La primera piedra de una trayectoria legendaria la puso en 1921, cuando cogió los bártulos y se embarcó en un periplo mundial que lo llevó por Europa, Egipto, la India, Tailandia y el Japón. La jornada europea -Inglaterra, claro, pero también Francia, España, y Mónaco- tuvo como se imaginará el lector una breve pero suculenta escapada andorrana. Una semanita, que le bastó, dice, para pergeñar un capítulo de su primer libro, The royal road ro romance, publicado en 1925, convertido automáticamente en un best seller en su país, y que en 1933 dio lugar a una adaptación cinematográfica. El caso es que el bueno de Hallibruton se plantó en nuestro rinconcito de Pirineos en noviembre de 1921. Venía de Carcasona, un clásico, e iba de camino a España: "No me pude resistir a rendir visita a Andorra: ¡es un país tan minúsculo, tan romántico, tan encantador!", larga a las primera de cambio de forma bien poco prometedora. Las pasa canutas al cruzar el puerto de Envalira, tras sobrevivir a la proverbial tormenta de nieve y al consabido torb, con la sola compañía de un burro -eran célebres en la época los burros andorranos, y sea esto dicho sin segundas- al que le cambia el nombre de Josefina por el mucho más épico de Aníbal. Lo más exótico es como justifica el hombre su interés por el país que está a punto de descubrir: "Durante muchos años no supe si la palabra Andorra, que me sonaba vagamente familiar, se refería a un pescado o a una fruta, hasta que un día di por casualidad con un mapa y descubrí que Andorra no era un producto comestible sino una república de 6.000 habitantes, con su parlamente, su Casa Blanca, su ejecutivo y su congreso, y todo ello perdido durante más de diez siglos en lo más alto y recóndito de los Pirineos". Y esperando su llegada para revelar al mundo la buena nueva, podría haber añadido.
No se olvida ninguno de los tópicos con que los viajeros anglosajones -y también algunos gabachos, cosa que tiene mucha menos justificación, recuerden los casos de Vuillier y de Regnaud- y dice para empezar que "esta democracia de mentirijillas es el único rincón de Europa que no se ha visto contaminado por el alud del turismo". Visionario que era Halliburton. Pero eso sí, estaba tocado por el don de la escritura -que no es otro que cierto sentido del humor. Por eso, cuando le advierten del peligro de aventurarse Envalira arriba en pleno noviembre, responde, campechano, que si Aníbal fue capaz de cruzar los Pirineos al frente de todo un ejército, "cómo no he de poder yo sin?" Con este espíritu deportivo digno de sus pares victorianos -o eduardianos- le perdonaremos en adelante cualquier salida de pata de banco. Incluso que diga que llega a "Andorra City" y la describa como "la más patética, la más miserable capital de cualquier nación que haya en la Tierra". Perdonado, Halli. Sobre todo, porque tras una semana entre nuestros abuelos -y abuelas- abandona el país con una pena enorme en el corazón. O al menos, eso es lo que dice: "En este pueblo sucio y destartalado como pocos he visto vive gente tan sencilla y tan encantadora que sabe mal, muy mal regresar al mundo con sus complejidades y su infelicidad".

"Vive Andorre et son Président!"
Y lo que decíamos: el sentido del humor. A la hora de buscar alojamiento, nos confiesa que elegirá el hotel que menos hedor despida... "pero hay tan poco por escoger que finalmente me decanto por el que tiene... ¡menos perros!" En su primera incursión por las calles de, ejem, Andorra City, llega a la plaza de la Concordia (!?), con toda probabilidad la actual plaza Benlloch, que se llama así desde 1913, y da con un monolito a la memoria de los nueve hombres de "este país en miniatura" que por lo visto se enrolaron en el ejército francés durante la I Guerra Mundial: "Tres de estos soldados volvieron a casa condecorados; otros tres, mutilados, y los tres que quedan cayeron en defensa de los ideales de la sagrada república", zanja. Hay que añadir que Halliburton se agenció el mejor guía para ir descubriendo este país apestoso: el mismísimo presidente de la república, que para su sorpresa lo recibe en persona en la Casa de la Vall -el prefiere referirse a este edificio, con funciones de parlamento como The White House a la andorrana- y lo pone al día sobre la idiosincrasia local en una lección de urgencia en la histórica cocina de la Casa, que todavía hoy se conserva más o menos intacta.
No nos dice el nombre de su gran amigo el presidente. Y eso que le sacó un retrato. Pongamos que si apareció por aquí en el otoño de 1921 se refiere al síndic Bonaventura Vilarubla. Aunque su "simplicidad" y "amabilidad" le chocaron, asegura. Y nos quedamos con las ganas de saber si lo dice (o no) con segundas. El síndic le confiesa el secreto de la insólita longevidad de este país "sin historia": "No hemos tenido ni guerras ni enemigos ni revoluciones ni héroes. Nos ha protegido nuestra debilidad, nuestra pobreza y nuestro aislamiento. Nadie ganaría nada, ganando Andorra". Un tono a medio camino entre la humildad, la reserva y un autocomplaciente masoquismo que repite al referirse al Consell General -"Nuestros congresistas son convocados cuatro veces al año, en sesiones de dos jornadas, y con frecuencia no tienen suficiente trabajo con que ocupar las sesiones"- y el inmobilismo secular del país: "No tenemos arte, ni industria ni literatura; la mayor parte de mis conciudadanos no ha subido jamás a un tren ni ha ido nunca al cine. Así que... ¿para qué lo queremos, el progreso, si la única vida a la que podemos aspirar es la rústica?"
Un discurso, en fin, que le hubiera encantado a Fiter i Rossell -recuerden aquella edificante ocurrencia que suelta en el Manual Digest: "Que no sean los caminos de frontera buenos, ni estén en gran disposición, antes bien, que sean bruscos, estrechos y pedregosos..."- y que termina con una sentencia que delata las escasas dotes visionarias del buen síndico Vilarubla: "La población andorrana ha fluctuado en los últimos seis siglos entre los 5.800 y los 6.000 habitantes, y nunca superará este tope porque jamás hemos tenido una industria capaz de atraer inmigrantes. Estamos condenados a no crecer..." Hoy, en fin, Andorra supera de largo los 70.000 habitantes: si Vilarubla levantara la cabeza, le da un síncope. Y quizás también a Halliburton, que nos abandona caminito de la Seo, Barcelona, Sevilla, Granada y, cuidado, Kheops, Bagkok, Angkor y Japón. Casi nada. A lomos de Aníbal, al grito de "Vive Andorre et son Président!" y convencido de que es la última ocasión en su vida en que vería "the green and happy valey of Andorra". Y en esto sí que tenía toda la razón.

[Este artículo se publicó el 28 de abril de 2014 en El Periòdic d'Andorra]


miércoles, 27 de agosto de 2014

El Mirador: vida y leyenda de un hotel

El hotel Mirador es un pozo sin fondo, una mina de anécdotas donde realidad y ficción se dan la mano para construir un relato con toques de épica, lírica y también de drama. Pero la inconfundible silueta del hotel, con su balconada de ladrillo visto y dudosísimo gusto,  ya no rivaliza con la vecina Casa de la Vall. Las màquinas han arrasado el solar donde se levantará la nueva sede del Consell General y se han cargado el escenario de medio siglo de historias y de alguna leyenda, desde que Alexandre Amigó abrió las puertas del primer Mirador, en 1934, hasta que Gerard Sasplugas las cerró, en 1987.

A lo largo de los años y por diversas sendas confluyen en el Mirador refugiados de la Guerra Civil, maquis, espías, agentes de la Gestapo, colaboracionistas, resistentes, pasadores, contrabandistas, conspiradores antifranquistas, literatos de leyenda e incluso un nazi clandestino que terminó como portero del hotel. Tambien la llamada colonia de los russos, los parranos que venían de Lérida, las sucesivas oleadas de turistas y una marabunta de nobres propios, desde Samuel Pereña, alma mater del Mirador, hasta los hermanos Joan y Antoni Sasplugas, que tomaron el relevo, el maestro Florit, el cocinero Martínez, el notario Doret, la señora Carmen, a la que los años convirtieron en una institución del lugar, o el misterioso personaje conocido simplemente como Monsieur. A todos ellos los evocan Ramona Marsinyach, Pilar Buesa, Pilar Triquell y el mismo Gerard Sasplugas, todos ellos estrechamente vinculados al hotel.

El jardín del Mirador en los días de esplendor: al fondo, las escaleras, elemento característico del hotel  y un escenario clásico para inmortalizar en fotografías; a la derecha, la galería de ladrillo visto que colgaba sobre el valle central de Andorra la Vella, con unas altísimas columnas también de ladrillo que le conferían un aspecto de barraca improvisada y a medio acabar. Fotografía: Escudo de Oro.

El Mirador cerró definitivamente las puertas en 1987; enseguida se convirtió en refugio de las bandas de chavales del barrio, y el proceso de degradación fue imparable; los últimos arrendatarios intentaron sin éxito una rehabilitación integral del establecimiento, pero el tiempo del Mirador ya había pasado. Finalmente, el Consell General adquirió el solar para levantar la nueva sede del parlamento. La demolición se llevó a cabo en 2002. En las imágenes superiores se aprecian algunos de los elementos característico del hotel como las escaleras del jardín y los balcones del pabellón de habitaciones, a la derecha. Fotografía: Tony Lara / El Periòdic d'Andorra
El nuevo Consell General, a la izquierda, se levanta en el solar que hasta 2002 ocupaba el hotel Mirador, en la calle de la Vall de Andorra la Vella. El parlamento se inauguró oficialmente el 11 de marzo de 2011, y sustituye a la vecina Casa de la Vall, al fondo de la imagen, un caserón erigido en el siglo XVI adquirido en 1702 por el Consell de la Terra -antecedente del actual Consell General. Fotografía: Máximus.

Buesa nació en 1935 en can Tonet del Carbonell, en el número 20 de la calle de la Vall. Es decir, frente al Mirador. Ella es la niña que sostiene las llaves de Casa de la Vall en una célebre fotografía de Claverol. La terraza de su casa, en fin, se alza casi encima del solar que hasta el 30 de septiembre [de 2002] ocupaba el complejo del Mirador. Buesa ha sido testigo privilegiado de la historia del hotel y de la progresiva degradación del edificio desde su poco glorioso final, en 1987, cuando se convirtió en refugio improvisado de los chavales del barrio. Suyos -de Buesa, vamos- son los recuerdos más antiguos de esta historia. Imágenes en sepia de los primeros años 40, cuando el hotel acogía una abigarrada humanidad integrada básicamente por refugiados catalanes, gendarmes franceses y agentes nazis. Es el ambiente que recoge Entre el torb i la Gestapo, donde Francesc Viadiu retrató la red de pasadores que tenía en el hotel uno de sus centros de operaciones: "Todo el mundo iba a lo suyo. Era una relación correcta pero distante. Los huéspedes se saludaban pero nada más. Recuerdo que de vez en cuando aparecía por el hotel un militar que parecía un oficial y que departía con los agentes alemanes destacados en el país. Los refugiados, en cambio, solo estaban de paso. Incluso tuvimos algunos en casa, hijos de amigos de mi abuelo, que había sido director de escuela en Mollerussa. Una de las mayores satisfacciones que tuvo mi padre fue cuando uno de aquellos chicos que se había hospedado en casa camino de Francia, volvió años después, ya casado con una chica francesa, para agradecerle personalmente el trato recibido".
A Buesa se le ilumina el rostro al recordar los multitudinarios bailes de Carnaval que organizaba Samuel Pereña, abogado leridano que sucedió a Alexandre Amigó al frente del establecimiento y al que considera el alma de los años dorados del Mirador. Como Buesa, también Marsinyach conserva un recuerdo entrañable de Pereña, que confirió al hotel el característico toque familiar que lo distinguió a lo largo de los años: "Pereña tenía las puertas abiertas para todo el mundo. En ocasiones se habían llegado a hospedar en el Mirador una treintena de parientes suyos, que él acogía generosamente. Y al final, con toda su hombría de bien, fue a morir solo en una residencia de ancianos de Figueras". Marsinyach (Vilasana, Lérida, 1927), llegó al Mirador en 1945: "Vine a parar aquí porque una tía mía trabajaba en el hotel como encargada. Y con la intención de quedarme una sola temporada. En fin, no me he vuelto a mover de aquí. Cuando en casa me dijeron que era hora de volver a casa, les dije que no. Venía de un pueblo pequeño y sin expectativas, mientras que aquí lo pasábamos bien y me ganaba la vida". En el Mirador sirvió hasta que se casó, en 1950. Entre los personajes que cada noche se reunían en el bar del hotel a jugar a la botifarra recuerda al doctor Vilanova -hoy con una calle vecina a su nombre- y a Bartumeu Rebés, el señor de la también vecina casa Rebés, a los que habitualmente se añadía Ramon Villeró, que ayudaba a Pereña en las tareas de administración: "En verano se organizaban bailes en los jardines, el señor Pereña hacía venir a orquestas de Orgañá o sacaba la gramola al jardín, y venía gente de todas las parroquias. Antes de la renovación del hotel [que Jan Sasplugas acometió en la segunda mitad de los años 50] se organizaban unas timbas de póquer muy concurridas, y eran célebres las comilonas y las fiestas animadas por grupos de parranos, que es como llamábamos a los gitanos blancos que venían de Lérida".

Un nazi en el Mirador
En 1952 se jubila Pereña y lo suceden al frente del Mirador Joan Sasplugas y Magda Triquell, que se habían incorporado al personal tras su llegada al país, en 1940 y que mediada la década se habían establecido por s cuenta en el restaurante Metropol. Pilar Triquell (Castelldans, Lérida, 1941) vivió los inicios de esta segunda época. A partir de 1955 acostumbraba a pasar los veranos en el Mirador ayudando a sus tíos: "Para mí, aquella experiencia fue como asistir a un curso de andorranidad: por el Mirador pasaba todo el mundo, desde los consejeros que iban a tomar el aperitivo o a comer tras una sesión del Consell General, hasta los habituales de las partidas de botifarra. En el bar del Mirador es donde por primera vez oí hablar del contrabando. Andorra era entonces minúscula, un pueblecito de nada, pero con la mentalidad muy abierta: a los que veníamos de fuera, como yo misma, nos trataban estupendamente, diría que incluso mejor que en nuestros lugares de origen". Entre los trabajadores con que coincidió, Triquell recuerda al maître, Pau, "siempre vestido de oscuro". Las camareras, seis o siete en verano, vestían uniformes impecables, con sus bordados y la cofia para los días señalados. En la cocina mandaba Martínez, el chef, una institución que estuvo al frente de los fogones del Mirador durante casi tres décadas: "Cuando me casé no había cocinado en mi vida", cuenta Triquell. "Me espabilé recordando cómo lo hacía Martínez". A este singular personaje, siempre con un puro en la boca, lo retrató el maestro Florit en una recreación del Moulin Rouge que colgaba sobre la barra del bar, y que al cerrar el Mirador Gerard Sasplugas se llevó a su nuevo establecimiento. Otro personaje que dejó huella en la memoria de Triquell es Carme, "una auténtica mula que no descansaba jamás y que hacía de todo: hasta que vinieron las lavadoras era ella quien se encargaba de lavar a mano toda la colada del hotel, en un lavadero cubierto que había en el jardín; y cuando terminaba, todavía le quedaban ánimos para subir a ayudar a la cocina".
Pero quizás el personaje más fascinante, por oscuro, de toda esta historia sea el Monsieur, "hombre educadísimo, que hablaba cuatro o cinco idiomas y que lo mismo te lo encontrabas ejerciendo de mozo que de maître. Después de su muerte nos enteramos de que había sido el secretario de un jerarca del partido nazi belga", evoca Gerard Sasplugas (Andorra la Vella, 1948), que tenía cuatro años cuando sus padres se hicieron cargo el Mirador. Él lo regentó desde que en 1974 cogió el relevo de su hermano, Jordi, y fue el encargado de bajar el telón, en 1987: "Cuando hoy paso por delante de lo que había sido el Mirador me duele el corazón. Es natural, porque es un pedazo muy grande y muy importante de mi vida. Fue una lástima que no prosperara el proyecto de levantar un hotel de nueva planta que sirviera de nexo entre el Prat del Call y el barrio antiguo, con un concepto similar al que plantea el nuevo edificio del Consell General. Pero la propiedad [la familia Cerqueda] no lo vio claro. Aunque también diré que el destino final del solar, acoger el nuevo parlamento, tampoco está mal".
Los recuerdos de Sasplugas incluyen anécdotas vividas en el Metropol pero perfectamente extrapolables, dice, al Mirador, como cierto maquis que se hospedó en una ocasión en el hotel y que dejó los bártulos en el rincón donde le indicaron los dueños: "Mi hermano, que entonces debía tener 8 o 10 años, husmeó entre los bultos y apareció en el bar con una cosa verde en la mano: ¡una granada! la concurrencia se quedó de piedra, claro. Aquel tipo había venido con todo el arsenal a cuestas". El ambiente que los Sasplugas supieron dar al Metropol lo trasladaron al Mirador cuando volvieron a casa, en 1952. Un ambiente que mantuvieron con las importantes reformas del final del decenio, con la ampliación de 27 a 44 habitaciones y con el turismo -sobre todo francés- convertido en la clientela habitual. Se habían acabado los aventureros de otros tiempos: "Siguieron viniendo algunos de los habituales de la etapa anterior. Se congregaban alrededor de una estufa de leña y con el frío el grupo se iba juntando. Hasta una veintena de personas. Recuerdo al notario Doret, el que pronunció la última sentencia de muerte, que se casó con una chica que trabajaba en el hotel. Hay que decir que Doret vivió el resto de su vida más limpio y arreglado que nunca antes. Estaba también el Tetu, personaje singular que de vez en cuando se encaramaba a una silla para impartir a la concurrencia imaginarias clases de esgrima". El Mirador también era parada obligatoria para los consellers, que después de cada sesión del parlamento celebraban tradicionalmente un ágape en el hotel: "Por la mañana asistían al Consell, más protocolario, pero las decisiones se tomaban durante la comida. Había cierto conseller abstemio como el que más, pero que insistía en que todo el mundo tuviera la copa llena... También acostumbraban a comer en el Mirador los batlles [jueces de primera instrucción], que se reunían aquí antes de impartir justicia. Hasta que uno de ellos, no tan resistente como sus colegas a los efluvios del alcohol, o quizás porque le pilló en un mal día, resulta que dictó una sentencia extaordinariamente más severa de lo que requería el caso, por no decir incongruente. Vamos, que se terminaron aquella comilonas de trabajo". Entre los huéspedes ilustres que desfilaron por el establecimiento, Sasplugas evoca a Narcís Casals, Rafael Benet y Cèsar Martinell, que se hospedaron en el hotel mientras restauraban las pinturas del salón de los Pasos Perdido de Casa de la Vall, a mediados de los 60: "Martinell era un señor muy afable que tenía un especial interés en Andorra porque había diseñado la Casa dels Russos, la primera y única que se levantó de aquel confuso episodio que pretendía erigir en Andorra una especia de comuna libertaria..."

El Mirador: un espacio literario
El Mirador ha dejado una huella más considerable en la literatura y el cine. De hecho, mucho más que cualquier otro lugar de nuestro rincón de Pirineos. Isabelle Sandy, para empezar, ubicó en este mismo lugar la Solana, la casa pairal de los Asnurri, la saga protagonista de su novela Les hommes d'Airain. La primera edición es de 1922, una década larga antes de que Alexandre Amigó inaugurara el primer Mirador. La novela de Sandy dio pie a un segundo episodio, el rodaje de su adaptación a la pantalla grande, un proyecto dirigido por el cineasta frances Émile Couzinet y que se concretó en el otoño de 1941, en plena ocupación alemana de Francia. El equipo se instaló en el Mirador mientras se rodaban los exteriores de la película. Los interiores, en cambio, se rodaron en los estudios Burgus Films, en Royan, en la costa atlántica francesa. Fue la primera película que se rodaba tras la ocupación, cosa que no queda del todo claro si le pone o le quita mérito. En cualquier caso, y para rizar el rizo, el rodaje de Les hommes d'Arain dio a su vez pie a Guerra, terra i estrelles, en que el historiador Jean Claude Chevalier novela la azarosa filmación de la película. Pero si el Mirador ha pasado a los anales de la literatura -aunque sea en una nota a pie de página- es por Entre el tor i la Gestapo, donde Francesc Viadiu pasa por el tamiz de la ficción su propia experiencia como cabecilla de una cadena de pasadores con sede en el hotel durante la II Guerra Mundial. A su vez, Entre el torb i la Gestapo tuvo también versión televisiva, en una miniserie dirigida en el 2002 por Lluís Maria Güell. La productora reprodujo en el estudio el interior del Mirador, entonces ya en ruinas, y contó con el asesoramiento del mismo Jordi Sasplugas. Pero algunos no quedaron en absoluto satisfechos con el resultado: "Nos jugábamos la vida y no estábamos para gestos de cara a la galería como desafiar a los alemanes cantando Els Segadors en el bar del hotel. Y por allí no corrían las putillas, y mucho menos el champán", se lamenta Jaume Ros, él mismo pasador por cuenta de una cadena de Estat Català. Para finaliza, Josep Pla también evoca la hospitalidad del Mirador en un rincón de Un petit món al Pirineu.

[Este artículo se publicó en la revista Informacions en 2002]

lunes, 25 de agosto de 2014

Tres catalanes en la II Guerra Mundial: Luis Romero, Sebastià Piera y Carles Sentís

El escritor Luis Romero, el periodista Carles Sentís y el militante comunista (y exiliado) Sebastià Piera fueron tres de los protagonistas de un reportaje que, bajo el título Testimonios de la guerra, se publicó el 6 de mayo de 2005 en Presència, la revista dominical del diario El Punt, y que pretendía conmemorar el 60º aniversario del fin de la II Guerra Mundial evocando el periplo un puñado de los escasos supervivientes catalanes -o radicados en Cataluña (y Andorra, porque Presència se distribuye con el Diari d'Andorra)- que habían tomado parte en la contienda, en uno u otro bando y de forma directa o indirecta. En este mismo blog hemos publicado las semblanzas de tres de los personajes que entrevistamos en aquella ocasión: el falso deportado, Enric Marco, por entonces en la plenitud de su inicua celebridad; el resistente francés Jean León Donnadieu, y el norteamericano Channing King Hall, que desembarcó en Normandía -aunque no el 6, sino el 30 de junio de 1944: no es lo mismo, pero no se puede tener todo, y vayan ustedes a buscar un catalán veterano del Día D. Hoy publicamos el retrato de los tres que por diferentes motivos habían quedado en el tintero, con la noticia añadida que los tres han fallecido en los nueve años transcurridos desde que tuvimos el raro privilegio de conversar con ellos: con Sentís y con Piera, por teléfono; con Romero, en su piso del Ensanche barcelonés. Los años y las mudanzas han extraviado las transcripciones de aquellas entrevistas, que sin duda serían mucho más suculentas que el sucinto, telegráfico extracto que ilustró finalmente el reportaje. 

Luis Romero: los catalanes de Hitler, o un episodio que encaja mal en la historia oficial
El escritor y periodista Luis Romero (Barcelona, 1916-2009) fue uno de los cerca de 46.000 voluntarios españoles que se enrolaron en la División Azul, el cuerpo expedicionario que Franco envió a la entonces URSS para combatir a Stalin al lado de la Alemania nazi. ¿Motivos que los llevaron a enrolarse en esta segunda cruzada? Por ideología, por aventurerismo, para hacer carrera militar e incluso para limpiar un expediente dudoso ante el régimen franquista. Romero fue a parar a la División Azul tras pasar media mili en los calabozos de Montjuic: "Me pillaron cuando intentaba pasar a Francia, como después comprobé que les había ocurrido a muchos de mis compañeros de armas: sin duda fue determinante para que termináramos alistándonos". El novelista luchó como soldado raso en el frente de Novgorod, donde la División que comandaba el general Muñoz Grandes se desplegó a partir del otoño de 1941: "Me destinaron al arma de artillería, así que me ahorré las cargas a la bayoneta, la lucha cuerpo a cuerpo, el hecho inenarrable de tener que disparar a una persona a quien les ves el rostro. Eso no lo habría soportado". Romero tuvo algo más de suerte y se perdió también algunos de los episodios más duros por los que pasaron los españoles en el frente ruso: la defensa de la célebre Posición Intermedia de Udarnik y la batalla de Krassnyi Br, donde el contingente español sufrió 2.252 de las cerca de 5.000 bajas que registró hasta su retirada del frente, en enero de 1944. Romero mira al pasado con la conciencia tranquila: "No veíamos a los rusos como a enemigos, y tratamos a los prisioneros y a la población con la máxima humanidad posible, dadas las circunstancias". Eran años de miserias e iniquidades: "Al volver, en la frontera nos requisaban el uniforme de la Wehrmacht, que era de primera calidad, y nos endosaban a cambio el del ejército español..." La aventura de la División Azul tuvo un dramático epílogo un decenio después con la repatriación a bordo del Semíramis de los últimos 286 divisionarios que habían quedado en Rusia prisioneros de los soviéticos, y que arribaron al puerto de Barcelona el 2 de abril de 1954. Para entonces, Romero ya había ganado el premio Nadal (La noria, 1951). Posteriormente obtendría el Planeta (El cacique, 1961) y el Ramon Llull (Castell de cartes, 1991). Queda claro que ante el régimen franquista había purgado sus pecados, cualesquiera que fuesen.

Sebastià Piera: tres guerras y una sola vida
La peripecia bélica de Sebastià Piera (Santa Maria de Meià, Lérica, 1917-Ajaccio, Córcega, 2014) resume el drama de una generación que maduró en los campos de batalla. Así, en plural, porque se vieron envueltos en dos guerras, la civil y la mundial. Voluntario de primera hora para combatir el levantamiento contra la República, cuando en diciembre de 1944 abandona la primera línea hace más de siete años que lucha contra el fascismo, en cualquiera de sus modalidades. Que en los últimos tiempos lo hiciera desde la trinchera soviética, el otro gran totalitarismo del siglo XX, es otro asunto. El caso es que Piera comenzó la Guerra Civil como comisario polítco (glups) de la columna Carlos Marx. Combate en los frentes de Aragon, Madrid y el Segre, y en enero de 1939, con la derrota republicana, emprende -ya saben- el camino del exilio. Como miles de camaradas, probó la hospitalidad gabacha de los campos de Saint Cyprien y Argelès antes de que, gracias a su condición de fundador del PSUC, fuera reexpedido a la URSS. Sucedió en mayo de 1939, en un convoy integrado por 200 cuadros políticos y altos cargos del ejército republicano entre los que se encontraban Ramon Soliva, Vicenç Carrió, Miquel Buixó y una veintena más de militantes (y militares) catalanes. Desde el Havre hasta Leningrado, Moscú y finalmente Jerson (Ucrania), donde el contingente catalán se dispersó definitivamente: Piera es destinado a la Escuela Política de Nagornaia, donde conocerá a su compañera -Trinitat Revoltó, de la Espluga de Francolí (Tarragona)- y donde lo sorprenderá el estallido de la II Guerra Mundial: "Los soviéticos no querían, pero insistimos en alistarnos en el Ejército Rojo y nos enviaron a hacer instrucción a las instalaciones deportivas del Dinamo de Moscú. Éramos un grupo de entre 15 y 20 catalanes -Agustí Vilella, Emili Fàbregas, Agustí Arcas, Emili García, Josep Gros, Ramon Farré, Josep Florejachs...- que pasamos la contienda juntos. Nos entrenaron para participar en operaciones de sabotaje y de guerrilla".
Así es como Piera y sus compañeros engrosaron la 4a compañía de la brigada especial de la NKVD -el antecedente directo del KGB. El primer destino, en invierno de 1941, fue el frente de Moscú. El objetivo, eliminar a los paracaidistas alemanes infiltrados tras las líneas soviéticas. En el verano siguiente la unidad fue transferida al Cáucaso y esta vez fuern ellos los que se infiltraron tras las líneas enemigas con el objetivo de volar el puente de Terek, al norte de Ordjonikidze, en la actual frontera entre Osetia y Chechenia. La operación se saldó con un fracaso relativo, porque no lograron evitar que las unidades pesadas alemanas en retirada cruzaran el río. No mucho mejor es el resultado de la más audaz de las misiones que le encomendaron: en febrero de 1944 es enviado a Lituania, entonces todavía bajo control alemán. Piera formaba parte de un comando que, haciéndose pasar por una unidad de la División Azul, tenía que liquidar al gobernador nazi de los países bálticos y comandante de la misma División Azul. Era la operación Guadalajara, que paradójicamente fracasó por culpa de los propios soviéticos: el rapidísimo avance del Ejército Rojo obligó a los alemanes a abandonar precipitadamente Vilna. El comando de Piera persigue entonces a su objetivo hasta la Prusia Oriental, y finalmente desiste. A finales de 1944 lo reexpiden a Nagornaia: la guerra ha terminado definitivamente para Piera, que no obstante tendrá la oportunidad de participar en el Desfile de la Victoria que tuvo lugar el 9 de mayo de 1945 en la Plaza Roja de Moscú. Lo que no terminó con la guerra fue su activismo: en 1946 volvió a Cataluña para reorganizar el PSUC. Lo detienen y lo torturan, y tras chupar tres años de Modelo emprende un segundo y definitivo exilio que termina en Ajaccio, donde reside desde que llegó, deportado, en 1951, y donde nacieron los tres hijos que tuvo con Trinidad Revoltó. Ricard Vinyes ha recogido en El soldat de Pandora la biografía apasionante biografía de este superviviente de dos guerra y  media. O tres.

Carles Sentís: de los campos de exterminio a Nuremberg
Todos hemos visto la imagen patética, terrible, de los cadáveres esqueléticos, calvos, marmóreos e irreales apelotonados por centenares, quizás miles, en las morgues improvisadas en los campos de concentración con que toparon los aliados. El periodista Carles Sentís (Barcelona, 1911-2011) las vio y las vivió in situ, en Dachau, el 8 de mayo de 1945, tras la liberación del campo y cuando las autoridades alemanas todavía no permitían salir de él a los internos por el temor a las epidemias. Todavía se estremece cuando lo recuerda, y han pasado seis décadas en las que -dice- ha visto "de todo". Sentís, en fin, formaba parte -con el también catalán Cirici Pellicer- del primer grupo de corresponsales neutrales que accedió al interior de un campo nazi. Y dejó constancia de sus impresiones en una serie de artículos que se publicaron en los diarios ABC y La Vanguardia, posteriormente recogidos en el volumen La paz vista desde Londres. Serie que, por cierto, le costó un alud de cartas amenazadoras, cuenta, "de exaltados que decían que les estaba haciendo el juego a la propaganda aliada, cuando no me tachaban directamente de mentiroso".
La guerra mundial de Sentís había comenzado en 1943, cuando un delegado del ministerio de Información del gobierno provisional de De Gaulle lo invitó al cuartel general de la Francia Libre en África. Así que para Brazzaville se fue. Del Congo saltó hasta Argelia, con sorpresa incluida porque aquí se entera de que las crónicas que ha ido enviando a la Península han sido sistemáticamente censuradas. Es lo que ocurre cuando ejerces en una dictadura. Y en tiempo de guerra, claro. Pero no las olvida y las rescata al año siguiente en un volumen de título involuntariamente irónico y hoy convertido en rareza bibliográfica: África en blanco y negro. La aventura africana termina en junio de 1944 con el desembarco de Normandía. El interés informativo se traslada lógicamente a Europa, y Sentís se muda a París. Por eso no desaprovecha la ocasión de visitar Dachau a instancias del agregado de prensa de la embajada británica en Madrid y, en el mismo paquete, de asistir desde primera fila y el mismo día a las dos caras que tuvo la victoria aliada en Europa: un avión británico lo trasladó el mismo 8 de mayo desde la resignación abatida de Múnic a la euforia de las concentraciones que en Londres culminaron en el palacio de Buckingham, con el rey Jorge aclamado por la multitud y Churchill, artífice de la victoria, en un discretísimo segundo plano.
Pellicer asistió también a la fiesta londinense. En cambio, Sentís fue el único periodista catalán que cubrió el juicio de Nuremberg -codo con codo con el periodista gallego Augusto Assía. No todo, porque en diciembre de 1945 regresó a Madrid. Así que se perdió la declaración del barcelonés Francesc Boix, quien compareció ante el tribunal los días 28 y 29 de enero de 1946 con el material fotográfico que había salvado de Mauthausen. Dos son las conclusiones de Sentís respecto a Nuremberg: "Circunscribió el castigo a los jerarcas nazis, y dejó de lado al pueblo alemán. Y fue la proyección de las películas rodadas por los aliados en los campos lo que disipó los escrúpulos jurídicos sobre la legitimidad del proceso. La revelación de los montones de cadáveres, las cámaras de gas, los hornos crematorios... En fin, todos aquellos horrores cambiaron incluso la percepción del juicio que tenían los mismos acusados: pasaron de pensar que saldrían relativamente bien librados, a lo sumo con unos años de prisión, a la convicción de que muy probablemente dejarían el pellejo en Nuremberg. Aquel día se terminaron las medias sonrisas e incluso el buen humor que hasta entonces había gastado Goering en la sala". El juicio de Nuremberg tuvo lugar entre el 20 de noviembre de 1945 y el 30 de septiembre de 1946. De los 21 procesados, once fueron condenados a la horca y solo tres fueron absueltos; Goering se suicidó con una pastilla de cianuro.

[Este reportaje su publicó el 6 de mayo de 2005 en la revista Presència]



viernes, 22 de agosto de 2014

¿Qué sería de nosotros si no existiera el Palanques?

El ministerio de Cultura destina 35.000 euros a la rehabilitación de la fachada del histórico hotel de la Massana, cuartel general de la cadena de pasadores dirigida por Antoni Forné; en 1943, un comando de la Gestapo secuestró a Eduard Molné, hijo de los propietarios, y a cinco militares polacos que intentaban evadirse a España.

¡Ay, el Palanques! Es verdad que otros hoteles en Andorra comparten su mismo pedigrí épico: el Coma de Ordino, el Pol de Sant Julià de Lòria y, sobre todo, el Mirador de Andorra la Vella, que se ha llevado la gloria mediática gracias a Francesc Viadiu y su novela Entre el torb i la Gestapo. Otro día hablaremos de ellos, piezas clave de la epopeya de los pasadores (en este caso, más bien de los pasados) durante la II Guerra Mundial. Muy pronto, palabra. Pero el Palanques es otra cosa. Lo hemos contado aquí mismo en otras ocasiones: fue en este establecimiento de la Massana, inaugurado en 1935, donde el abogado catalán Antoni Forné estableció el cuartel general de su red de pasadores. Una cadena para la que trabajaron hombres de una pieza como Alfredo Conejos, Josep Mompel, Joaquim Baldrich y... Eduard Molné, él mismo hijo de los propietarios del hotel -Francisco Molné y su esposa, Emília Armengol- y que ejerció de taxista ocasional para la cadena a bordo de su Renault, uno de los escasos vehículos existentes en la Andorra de la época.

Hoy los recuerda un humilde monolito situado enfrente del hotel. En fin, que si hablamos hoy aquí del Palanques es en primer lugar porque el ministerio de Cultura destinará este curso 35.000 euros a la restauración de la fachada del edificio. Que buena falta le hace porque -como comprobará el lector- abundan en ella los desconchados y el aspecto general corresponde al de una dolorosa y -nos temíamos algunos- inexorable decadencia. Nada extraño si tenemos en cuenta que el mismo ministerio advertía en 2004, año en que lo incluyó en el catálogo del patrimonio cultural de Andorra, que en siete décadas -hoy, ocho- el edificio no ha sufrido modificaciones significativas, así que conserva todos los elementos estructurales originales. En definitiva: que tal como lo vemos hoy es como lo vieron -y lo vivieron- Forné, Molné, Badrich y compañía. El papel central del Palanques en la epopeya de los pasadores se debe no sólo a que fue el epicentro de una de las cadenas de pasadores mejor conocidas entre las que operaron en Andorra, sino también a que fue escenario de la célebre razia que la Gestapo lanzó la noche del 23 de septiembre de 1943: delatados por un tal Nicodème -Enrico Nicodem, según consigna Ludmilla Lacueva Canut en Els pioners de l'hoteleria andorrana-, un topo infiltrado en la cadena y que para mayor escarnio se hospedaba en el mismo hotel, y guiados por esbirros de la vegueria francesa, los agentes alemanes se plantaron en el Palanques en dos vehículos -un Delaye y un Citroën, evocaba el mismo Forné en una serie de artículos publicada en 1979 en la revista Andorra 7- dispuestos a desmantelar la cadena.  

Monumento que desde 2005 recuerda la gesta de la cadena de pasadores dirigida por Antoni Forné desde el hotel Palanques, y de la que también formaban parte Joaquim Baldrich, Josep Mompel, Alfred Conejos i Eduard Molné, el único que probó la hospitalidad de la Gestapo al ser capturado la noche del 23 de septiembre de 1943 y trasladado a la prisión del monte de Saint Michel, en Tolosa; fue liberado diez días después. Fotografía: Tony Lara.

El hotel Palanques, proyectado por el arquitecto Rafael Besolí, comenzó a erigirse en 1933 y se inauguró el 15 de agosto de 1935; constaba (y todavía consta) de planta baja, dos pisos y buhardillas. Debe su nombre a que los propietarios, la familia Molné, se habían instalado una generación antes en unos terrenos denominados Les Palanques porque estaban situados en la confluencia de los ríos de Ordino y Erts, a unos cien metros de la parroquial de la Massana. Allí levantaron el primer hostal hasta que en 1933, y gracias a una permuta con la propiedad de Casa Ramon, se trasladaron a lo que hoy es el Palanques. Arriba, el hotel ya terminado; aquí encima, el edificio en construcción. Fotografías: Colección Casimir Molné Armengol / Els pioners de la hoteleria andorrana.
Durante la Guerra Civil y la II Guerra Mundial en el Palanques se hospedaron huéspedes de toda procedencia: desde un pequeño destacamento de los gendarmes de Baulard hasta el abogado Antoni Forné -que acabó casándose con una de las hijas de la familia Molné- pasando por fugitivos que huían de la España republicana, primero, y de la nacional, después. En la imagen, Joana y Maria Molné en agosto de 1942 (¿o 1944?) posan con los músicos franceses que acudían a tocar a la fiesta mayor de la Massana. El texto dice: "À notre gentille hotesse, notre meilleur souvenir", y lo firman Miney y Louis... ? Fotografía: Colección particular Joana Molné Armengol / Els pioners de l'hoteleria andorrana.




Tres vistas actuales del hotel Palanques, situado en la avenida de Sant Antoni y que conserva casi intactos los elementos estructurales originales, especialmente los sillares esquineros de granito que permiten incluir el edificio en la denominada arquitectura del granito, corriente en boga en la Andorra de los años 30 y que incluye otros edificios como los hoteles Rosaleda de Encamp y Valira de Escaldes. Fotografías: Máximus.
La Massana en los años 40: el Palanques es el edificio en segundo plano del centro de la imagen, escorado a mano derecha; se distingue por su cubierta achaflanada y sus esquina con sillares de granito.
Los dibujantes Escobar y Peñarroya, en el cartel del salón de cómic de la Massana de 2011, obra de Paco Roca, que ese año publicaba El invierno del dibujante. Ambientado en 1958, los cómics no son todavía cómics, ni tan solo historietas, sino tebeos. Dibujo: Paco Roca / La Massana Cómic.
Y para que no falte nada, incluso Superlópez se permitió un vuelo de reconocimiento sobre el Palanques: la viñeta pertenece a Las montañas voladoras, la premonitoria aventura inmobiliaria del superhéroe de Jan, y se publicó en 2004, auspiciada también por la Massana Cómic. Dibujo: Jan. 

Lo consiguieron a medias: la buena fortuna (o mala, no está del todo claro) quiso que aquella misma noche los hombres de Forné tuvieran que ir a recoger a un grupo de militares polacos al Vilaró, donde desembocaba la ruta de evasión que pasaba por el puerto de Siguer. Molné se ofreció en aquella ocasión para acompañarles hasta el Vilaró, donde entonces moría la carretera, recoger los paquetes y conducirlos hasta Sant Julià de Lòria. Todo transcurrió con normalidad hasta que al pasar por delante del Palanques se percataron de la presencia de los dos vehículos y sobre todo de sus inquietantes ocupantes: cuatro o cinco hombres -recuerda Forné- vestidos con sospechosas gabardinas -cine negro obliga- que se lanzaron tras el Renault de Molné, que aceleró en dirección a Andorra la Vella en cuanto Conejos gritó: "¡La Gestapo!"

La huida no se prolongó más que unos cientos de metros: en el cruce de Sispony, y tras unos disparos intimidatorios, Molné cruzó el Renault en la carretera, dando tiempo a Forné y Conejos para saltar del coche y perderse en la noche. Ni Molné ni los cuatro fugitivos polacos -Claude Benet descubrió sus nombres en Guies, fugitius i espies: dos oficiales, Jan Daniez y Jan Sarnicki, y dos soldados, Czeslaw Giejsowt y Josep Lawicki- tuvieron tanta suerte, fueron capturados y conducidos hasta Tolosa junto a un tal Bobby, norteamericano de origen polaco que formaba parte de la cadena que fue la única presa que cazaron en el Palanques. 

De la tele al cómic
Cuenta Lacueva que en el trayecto hasta Tolosa Molné se cruzó hasta en dos ocasiones con conocidos a los que trató de llamar la atención -con nulo éxito: la primera vez, en la aduana del Pas de la Casa, donde el jefe de la policía andorrana en la época, Daniel Armengol -vecino como él mismo de la Massana- estaba de guardia esa madrugada y fue quien levantó la barrera para dar paso a la comitiva. Unos kilómetros más adelante, en Tarascon-sur-Ariège -nada que ver co el Tarascón de Tartarín, en las Bocas del Ródano-, y ya con las primeras luces del día, divisó a otro vecino suyo, Josep Montané, que había acudido a la feria de ganado de esta localidad; incluso le tocó el cláxon. Pero nada.

En Tolosa perdió Molné la pista a sus compañeros de peripecia. Por suerte para él, porque tras ocho o diez días de cautiverio en la fortaleza de Saint Michel fue liberado gracias a las gestiones de su padre. Le ayudó el pequeño detalle que Francisco Molné, subsíndico entre 1933 y 1936, sucedió este último año al destituido Síndico General, Pere Torres. Solo duró un año en el cargo, y a Francisco le sucedió Francesc Cairat, que era quien ejercía el cargo en 1943 -y hasta 1960: he aquí otro personaje que reclama urgentemente una biografía- y que hizo las oportunas y exitosas gestiones ante la Mitra -el Obispo de Urgel y Copríncipe del momento, Iglesias Navarri, había sido vicario general castrense durante la Guerra Civil (del lado nacional, se entiende) y conservaba cierto ascendente sobre Franco y, sobre todo, su esposa- para conseguir la liberación de Molné.

El caso es que las gestiones de Cairat ante el Obispo o la misma vegueria francesa, ante la cual también intercedieron por el cautivo -y atención, que eran los años del reinado del nefasto Lesmartres- consiguieron que al cabo de una semana un funcionario del consulado alemán en Barcelona se desplazara hasta Tolosa. Así es como nuestro hombre recordaba en 2003 para la revista Informacions aquel breve encuentro: "Una mañana se presentó en la prisión un chico del consulado que me explicó que de paso por Andorra se había enterado de mi caso. Me dijo que no  me preocupara, me aseguró que saldría pronto y me invitó a escribir a casa para tranquilizar a la familia. Y así fue: al cabo de dos o tres días más me llamaron por mi nombre, y a la mañana siguiente un coche de la Gestapo me condujo hasta el Pas de la Casa". Dice Lacueva que incluso recuperó su Renault. Buena gente, como se ve, los chicos de Goebbels.

Vale que fue la única ocasión -como no se olvidaba nunca de recalcar, alejando de sí el foco de atención- en que Molné participó de manera activa en la cadena que dirigía su futuro cuñado, Antoni Forné. Pero como recalcaba el historiador leridano Josep Calvet (Las montañas de la libertad)  con ocasión de su fallecimiento, en agosto del 2012, "sin la complicidad esporádica de gente como Molné la misión de los pasadores hubiera fracasado". Más contundente aún se mostraba Claude Benete (Guies, fugitius i espies) en esta misma ocasión: "Fue un hombre de una humildad y de una elegancia incuestionables; otros con muchísimos menos méritos han explotado su participación en esta epopeya sin escrúpulos; él optó siempre por la discreción".

Pero volvamos al comienzo: si contamos hoy aquí y por vez enésima la peripecia de Molné es porque la aciaga incursión de la Gestapo de aquel 23 de septiembre de 1943 -se desconoce el destino final de los cuatro polacos y de Bobby, pero Benet sospecha que terminaron en un campo de concentración, donde no es aventurado augurar su muerte- tenía la cadena del Palanques como objetivo. Así que hagamos algo más de historia y pongámosle biografía al establecimiento con más pedigrí bélico del país. Y en este punto la autoridad indiscutible es de nuevo Lacueva, autora de Els pioners de l'hoteleria andorrana, la biblia de la materia. El Palanques es hoy un humilde hotel de una estrella situado a los pies de la avenida de Sant Antoni, el nombre de la Carretera General a su paso por la Massana. Empezó a construirse en 1933, y fue inaugurado el 15 de agosto de 1935. Era el segundo establecimiento de este nombre dedicado a la hotelería regentado por la familia Molné. El primero, abierto por Francisco Molné Mora -el abuelo de nuestro Eduard-, estaba situado en lo alto del núcleo histórico de la Massana, a unos 100 metros -dice Lacueva- de la parroquial de Sant Iscle.

A esta primitiva fonda debe su nombre el Palanques, porque se levantaba en unos terrenos donde confluían los ríos de Ordino y de Erts, motivo por el cual existían en la finca dos palanques, o rudimentarias pasarelas de madera. De ahí que los terrenos fueran conocidos en la Massana como Les Palanques, y que la casa levantada por los Molné se conociera en adelante como Cal Palanques. El hotel actual lo erigió Francisco Molné Rogé, Sisquet (1883-1980), según un proyecto del arquitecto Rafael Besolí -autor también del hotel Mirador de Andorra la Vella (1934)- y se inauguró, como ya se ha dicho, en 1935. Se adscribe junto con edificios como el hotel Rosaleda de Encamp y el Valira de Escaldes a la denominada arquitectura del granito, corriente propia de la arquitectura local y caracterizada por el uso generoso de los sillares de granito. En el Palanques constituyen el elemento principal de las columnas esquineras y le confieren un aspecto característico a la fachado, al lado de las cubiertas de madera y piedra llicorella, a dos vertientes y achaflanadas.

En este punto hay que indicar que a diferencia de los otros ejemplos de arquitectura del granito, en que los sillares ocupan toda la fachada, en el Palanques su presencia se limita a las susodichas esquinas. Constaba (y consta todavía hoy) de planta baja -con un comedor para los clientes del pueblo, cocina, administración y tienda de comestibles-, dos pisos y buhardillas, en lo que en Andorra se denomina "cap de casa". Las 20 habitaciones originales -hoy, 16- disponían de lavabo con agua corriente -un lujo en la Andorra de los años 30- y baño compartido en el primer piso, donde también se encontraba el comedor de los huéspedes. Esta estructura se ha conservado prácticamente intacta hasta hoy. Cuenta Lacueva que durante la Guerra Civil un pequeño grupo del destacamento de gendarmes al mando de Baulard -quién sabe si alguno de nuestros zapadores- se hospedó de forma más o menos permanente en el Palanques, para escándalo de alguno de los vecinos, poco amigo de la ocupación gabacha y que por lo visto amenazaba a Sisquet al grito de "¡Et pelarem!" ("¡Te liquidaremos!").

Lo cierto es que al único que estuvieron a punto de liquidar fue a Eduard, y no sus vecinos sino la Gestapo. El Palanques, en fin, o un local directamente inspirado en el Palanques, es el escenario donde transcurre buena parte de Un any a la nostra vida, la obra de teatro que bebe en la epopeya de los pasadores escrita y dirigida por Xavi Fernández, y estrenada el 11 de noviembre en el teatro les Fontetes de la Massana. También tiene un cierto papel en la versión televisiva de Entre el torb i la Gestapo, aquel plúmbeo bodrio dirigido por Lluís Maria Güell que entra a saco en la novela homónima de Francesc Viadiu. Güell, que debió de oír campanas sobre la peripecia de Forné, Molné y compañía, se toma la libertad de ubicar en el Palanques el centro de operaciones de uno de los malos de la historia, el sádico y nefando doctor Coco -Fermí Reixach, en la pequeña pantalla, que pergeña, por cierto, uno de los pocos personajes que se salva de la quema.

Y ya que hablamos del doctor Coco, consignemos para acabar que el aviador británico Cyrill Penna, cuyo Short Stirling fue derribado de regreso de una misión de bombardeo sobre las factorías Fiat de Turín y que pasó por Andorra entre el 1 y el 10 de marzo de 1943, consigna en sus memorias de guerra, Escape and Evasion, cómo tuvo que librar a un compañero suyo, el también aviador Dick Adams, de las garras de un doctor Antoni de Barcia, que insistía en amputarle el pie izquierdo, congelado en el paso del Pirineo. Penna logró sacarlo del tugurio donde el tal Barcia operaba, un hotelucho de Escaldes, y trasladarlo a la improvisada clínica que el doctor Trias, eminencia de la cirugía española por entonces refugiado también en Andorra, regentaba en la Casa Rebés de la capital. Claude Benet insinúa en Guies, fugitius i espies que sí, que efectivamente nuestro Barcia podría ser el alcohólico y cocainómano -de ahí el sobrenombre- doctor Coco de Viadiu. Que ejerciera en realidad en un hotel de Escaldes y no en el Palanques es un detalle menor que no nos va a estropear un buen titular.

Añadamos para terminar, ahora sí, que nuestro Palanques -cuya propiedad conserva Roser Molné, hermana pequeña de Eduard, pero que la familia dejo de regentar en los años 50- tiene también un par de estupendos cameos de cómic, los dos gracias a Joan Pieras y el salón de la Massana: el primero, cronológicamente hablando, corresponde a Las montañas voladoras (2004), aventura andorrana del Superlópez de Jan, que se atreve a sobrevolar el hotel como ven en la viñeta de aquí arriba. Lo mejor que se puede decir del asunto es que el Palanques sobrevivió al paso de Superlópez, que ya es decir. El segundo, y nuestra debilidad personal, es el cartel del Salón del Cómic de la Massana  2011 dibujado por Paco Roca, que entonces presentaba El invierno del dibujante, y en que aparecen Escobar y Peñarroya, dos de los historietistas convertidos por Roca en protagonistas de este álbum metacomiquero, deambulando felizmente ante un Palanques con estupenda estética años 50. Como decíamos ayer, hay otros hoteles, pero como el Palanques, ninguno. Con el permiso del poeta Feliu Formosa: "¿Qué sería de nosotros si no existiera el Palanques?"

martes, 19 de agosto de 2014

Los primeros allí arriba (la conquista del Comapedrosa y el Casamanya)

La historia del montañismo andorrano está por escribir. En fin, como tantas otras historias sectoriales de este país. Mientras esperamos la improbable conjunción astral que un día la haga posible, el grafómano aragonés Alberto Martínez Ebid, premio Pirene de periodismo en 2011, continúa haciéndonos el trabajo y deparando suculentas sorpresas desde su imprescindible, monumental blog -pinchen sin temor en albertomartinez.desnivel.com, y fliparán. Fue Embid quien nos puso sobre la pista de Jean de Charpentier, el geólogo suizo que fue el primer excursionista moderno en ascender a uno de nuestros picos -quizás hasta tres: Fontargent, Siguer y la Serrera- y regresar para contarlo -en Éssasi de la constituion géognostique des Pyrénées (1823). Lo de Charpentier eran ya palabras mayores. Pero Embid ha vuelto a superarse: en la última entrada del blog pone nombre y apellidos a los conquistadores de las dos vedetes del montañismo andorrano: el Casamanya i el Comapderosa. Vamos por partes y comencemos por el techo del país -el Comapedrosa, con sus 2.942 metros- que hay que poner desde ahora mismo en el saco del tolosano Roger de Monts (1850-1914). El feliz acontecimiento tiene hasta fecha: fue el 18 de septiembre de 1878. Un excursionista posterior con un pelín de fortuna mediática mayor, Aymar de Saint Saud, encontró una targeta de visita de nuestro Monts con este formidable, increíble detalle cronológico en el monolito de piedras que alguien había levantado en lo más alto del pico y donde Monts dejó recado de su visita. La existencia de este túmulo atestigua que alguien hizo pie arriba de todo antes que Monts. ¿Un nativo, quizás? Lástima que no dejara constancia escrita de a proeza, porque el mérito del pionero habrá que ponerlo por lo tanto a cuenta de Monts. Honor en absoluto despreciable para el Casamanya, porque estamos hablando de uno de los grandes pirineistas del siglo XIX (Aneto, Monte Perdido), especializado además en primeras invernales, que ya son ganas (Mont Valièr, Midi d'Ossau).



El Comapedrosa se eleva hasta los 2.942 metros y es el techo de Andorra. Fue conquistado primera vez (en época histórica, claro) por el tolosano Roger de Monts, el 18 de septiembre de 1878. El hombre tuvo la gentileza de dejar una tarjeta de visita en el monolito de piedra que una mano anónima había erigido en la cumbre, y que al verano siguiente se encontró el montañero Aymar de Saint Saud, que es quien deportivamente da cuenta de la gesta de su colega. El dibujo inferior data de 1886, y fue publicado en el volumen Viatge de ploma i paper. Fotografía: Ona Morante / El Periòdic d'Andorra

El Casamanya es, con sus 2.740 metros, una de las cimas andorranas más mediáticas: el primero que lo ascendió (y dejo constancia escrita de ello) fue el montañero parisino Alphonse Lequeutre, el 22 de agosto de 1877; lo cierto es que para él se trataba de un segundo plato: su auténtico objetivo era el Comapedrosa, pero tuvo que desistir. Fotografías: Ferran Nadeu / El Periòdic d'Andorra.

También el Casamanya tiene desde ahora padre: el parisino Alphonse Lequeutre (1829-1891), excursionista tardío -se inició en 1869- dotado por lo visto de una mala salud de hierro y que protagonizó la primera ascensión (conocida) a los 2.740 metros del pico. Fue el 22 de agosto de 1877, y especula Embid que el Casamanya fue algo así como un premio de consolación porque el auténtico objetivo de Lequeutre era... ¡el Comapedrosa! Fracasó, haciéndole de paso un favor a Monts. Para salvar el honor andorrano, digamos también que la ascensión la hizo acompañado de un guía local, y que -cosa rara- dedica palabras elogiosas a los nativos con los que va topando, algo en verdad exótico entre los viajeros decimonónicos -especialmente, entre los franceses: "Los andorranos gastan un aspecto orgulloso e independiente. Son limpios [!] y amables, y tratan al extranjero como a un igual. No atiné a encontrarles el carácter hosco que se les suele atribuir. Al contrario, me parecieron francos y decididos", dice el amable gabacho. Para terminar, y aunque al lado de Casamanya y Comapedrosa parecerá poca cosa, añadamos que aquel mismo 1878 en que Monts subía a nuestro campeón otro pirineista estrella, el también francés Maurice Gourdon, firmó las primeras a la Maiana y al Estanyó. En fin, todo esto -y algo más- en una sola entrada del blog de Embid. No está mal, ¿verdad?

[Este artículo se publicó el 21 de mayo del 2012 en El Periòdic d'Andorra]

lunes, 18 de agosto de 2014

Carles Porta, autor de "Tor, la montaña maldita": "Por respeto a sus protagonistas, lo único que no tiene el libro es sexo"

Tor estaba destinada a convertirse en un pueblo fantasma más de los muchos que languidecen en los Pirineos. Pero Carles Porta no se conformó con la versión oficial y tiró del siniestro hilo de los asesinatos -tres en quince años- que mancharon de sangre este antiguo feudo de contrabandistas, hoy con apenas media docena de vecinos. Tor resucita contra pronóstico gracias al goteo de lectores que quieren conocer in situ los escenarios de La montaña maldita. Un año, seis ediciones y 50.000 ejemplares después, el periodista leridano repasa las claves del éxito de su criatura y avanza exclusiva: la serie televisiva ya está en marcha.
Será una miniserie de ficción, pero ni se rodará en esta localidad del Pallars Sobirà (Lérida) ni conservará los nombres de sus auténticos protagonistas. Precauciones que imponen los asesores jurídicos del proyecto y también el sentido común, para no atizar más la polémica que el inesperado éxito de La montaña maldita (Tretze cases i tres morts, en la versión original en catalán) ha generado entre los vecinos: Jordi Riba, el Palanca, llegó a pasearse por Tor luciendo una pancarta en que tachaba al periodista de "traidor", "mentiroso" y "difamador". Una acusación similar le han lanzado  otros de sus protagonistas, desde Pili, una de les fadrines de Tor, hasta Ruben Castañer, el visionario que en los años 70 abrió la caja de los truenos con el proyecto de levantar una estación de esquí en la montaña. Tor ya no volvería a ser el mismo. Hasta la periodista Carme Escales, supuesta guía de Porta en los inicios de la investigación, consiguió retirar su nombre del libro a partir de la tercera edición porque, sostiene, "se me cita en un contexto de muy mal gusto y repugnantemente machista", y porque la narración no respetaba "en absoluto" el episodio en que el equipo de TV3 que en 1997 rodó el documental que se encuentra en el origen del libro tuvo lugar en Rialp. En cualquier caso, la miniserie -Porta avanza que TV3 está interesada en el proyecto- todavía no tiene ni director ni intérpretes confirmados, y no estará lista antes de un años. Así que paciencia. Para ir haciendo boca, aquí va una conversación con el padre de Tor.

-Sus personajes se le rebelan: ¿tiene remordimientos?
-Cada uno cree que su versión es la definitiva y no acepta que puedan existir otras igualmente verosímiles. Pero yo no escribí el libro para los vecinos de Tor sino para el lector que no tenía ni idea de nada, ni del caso ni tampoco del pueblo. Entiendo que el Palanca y Pili estén dolidos porque al final no estamos hablando de un catálogo turístico sino de una tragedia que se ha saldado con tres muertos.

-Pero es que dicen que usted miente...
-Hablo con cierta frecuencia tanto con el Palanca como con Sisqueta [la madre de Pili] y siempre llegamos al mismo punto: cuando les pregunto en qué miento no saben qué responder. Por supuesto, el libro puede contener errores o conclusiones matizables. Pero mentiras, ni una. Por otra parte, a raíz del éxito de La montaña maldita Pili y Sisqueta llenan cada fin de semana su hostal con los turistas que han conocido Tor gracias al libro. Y es curioso: cuando se publicó, todo el mundo estaba encantadísimo. Los reproches comenzaron a surgir cuando empezó a venderse bien.

-Tampoco está tan mal, esto de compartir el éxito.
-Naturalmente, me enorgullece haber contribuido al renacimiento de Tor. Pero uno de los reproches que mas he tenido que tragarme es que me estoy haciendo la barba de oro a costa de los vecino. Y no es verdad. Pero aunque lo fuera: ¿hasta qué punto la historia del pueblo es patrimonio de sus vecinos, aunque sean los protagonistas? Honestamente, creo que sucesos como los de Tor pertenecen al dominio público y que el trabajo del periodista es ir al lugar en que ocurren los hechos, recoger el mayor número posible de testimonios y explicarlo. ¿Tenía que haberles pedido permiso, para hacer mi trabajo? ¿O quizás consensuar con ellos la versión que finalmente se publicaría?

-Al Palanca le repatea que haya aireado que es un hombre soltero y sin descendencia.
-Ahora parece que está indignado por esto, dice que se lo tendría que haber consultado. Pero es que uno de los puntos clave de todo este asunto es saber si tiene o no herederos. Por otra parte, a él le encanta este doble juego: me acusa a mí, se queja de los abogados y de los jueces, pero cuando nos vemos, nos pasamos horas hablando. Y no te lo pierdas: él mismo vende y firma ejemplares del libro a los turistas que se desplazan hasta Tor siguiendo la estela de La montaña maldita. Pero todo esto es normal dentro de la lógica que impera en Tor. Entiendo que a nadie le gusta que se vayan aireando sus miserias, pero la prueba de que he respetado escrupulosamente los hechos es que hace un año que se publicó el libro y no se ha interpuesto ninguna demanda ni querella.

-Aparte de la periodista Carme Escales y del skin Aguilera, que a partir de la cuarta edición se convierte en Olivella...
-Son los dos únicos cambios que he introducido. Y los dos, de manera amistosa.

-Han convertido al Palanca en una especie de animal de feria. Por Sant Jordi, la editorial incluso planteó la posibilidad de hacerle bajar a Barcelona para que firmase ejemplares. ¿Tiene usted la conciencia tranquila?
-Nos dimos cuenta de que muchos lectores querían conocerlo. Y esta hubiera sido una manera de acercarlo al público. Diría que el Palanca, un hombre acostumbrado a vivir al límite, emerge del libro convertido en una especie de salvador de la montaña, en un héroe.

-Con la perspectiva del tiempo, ¿a qué atribuye el éxito de La montaña maldita?
-A tres causas: la primera, al hecho de que la versión original en catalán la lanzara una editorial tan prestigiosa y seria como La Campana, cosa que hace que libreros y críticos se lo miren de entrada con cariño. Esto ya le reportó una buena posición de salida. Por otra parte, el origen del libro está en el documental emitido en en 1997 en el espacio 30 minuts, de TV3, que tuvo una cierta repercusión. A la gente el caso le sonaba. Y aun más cuando TV3 lo reemitió, a raíz del éxito de La montaña maldita. Por último: no nos hemos gastado ni un euro en promoción. El boca-oreja ha hecho todo el trabajo. Me han llegado a parar por la calle para firmar ejemplares, y aguantó 35 semanas en la lista de los más vendidos de La Vanguardia. Sin falsa modestia: alguna cosa debe tener, más allá de una buena historia.

-¿Y usted qué cree que tiene?
-Sangre y vísceras, un muerto y unos asesinos que andan sueltos una década después. Tiene también contrabandistas. Todos los elementos de una novela de intriga. Menos sexo, porque he respetado escrupulosamente la privacidad de los personajes. La crítica más negativa que ha recibido la hivieron Ponç Puigdevall y Miquel Pairolí, que tildaron el libro de "literatura juvenil".

-Ahora que lo dice, tiene razón: a La montaña maldita le falta algo de sexo.
-Pili me ha reprochado con frecuencia la manera morbosa en que según ella cuento el asesinato del Sansa.¡Pero es que las cosas sucedieron así! Por otra parte, no he reproducido ni una sola de las mil y una historias que circulan sobre las relaciones de los vecinos de Tor, un universo claustrofóbico donde unas pocas decenas de personas tenían que convivir durante los meses en que el pueblo quedaba aislado a causa de la nieve. Esto sí que hubiera sido morboso. Y desde el primer momento lo descarté.

-¿Y ahora, qué?
-Soy un periodista esencialmente televisivo. Vivo de la productora que dirijo -los últimos programas que hemos creado son Pica lletres, para TV3, y Hazlo tú mismo, la versión de Efecte mirall, para Cuatro- y me da produce mucho respeto volver a embarcarme en un libro. Tengo uno listo, pero no sé si lo publicaré: por una parte, las expectativas generadas a partir de La montaña maldita son tan altas que da un cierto miedo no estar a la altura, decepcionar al lector y también a mí mismo. Pero también tengo el gusanillo de demostrar que no fue flor de un día ni chiripa.

-La montaña maldita nos ha descubierto la Cataluña profunda, tan alejada del país rural idealizado por cierto catalanismo de espardenya. Pora, ¿traidor a la patria?
-No era mi intención retratar la Cataluña negra. Y no creo que me haya salido un libro naturalista sino esencialmente realista. Cuando la realidad es tan cruda y tan dura como en Tor, no hace falta aliñarla con fantasía.

-Ahora que no nos oye nadie, ¿quién mató al Sansa?
-A raíz del libro me han llegado nuevos indicios, gente que se ha puesto en contacto conmigo. Puedo afirmar, por ejemplo, que al Sansa no lo mataron el 19 de julio, como hasta ahora se ha sostenido, y que todavía estaba vivo y coleando el 24 de julio: además del testimonio de su último abogado, el letrado Gómez de Oalrte, que ya recojo en el libro, un vecino de Os de Civís me aseguró que en esta última fecha habló personalmente con el Sansa. Pero no me preguntes quién lo mató: tengo mi hipótesis, por supuesto, pero sin pruebas no puedo hacerla pública.

-¿Hay una segunda entrega a la vista?
-He estado tentado de seguir tirando del hilo porque a esta historia le falta su final. Pero lo he tenido que aparcar porque tengo otros proyectos en marcha. Y diría que afortunadamente, porque después de nueve años todo este asunto se estaba convirtiendo en una obsesión algo malsana. De todas formas, la sustancia de los hechos está en el libro. Sólo falta la conclusión. Que cada lector saque la suya.

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Los supervivientes, los perdedores y los demás
La cuadrilla de personaje que pululan por La montaña maldita se puede dividir en dos clases: la de los supervivientes y la de los perdedores. Entre los primeros, y por encima de todos, Jordi Riba, el Palanca, individuo proteico, uno de los últimos ejemplares del homo pyrenaicus, desconfiado, terco y reservado, que ve cómo su mundo languidece sin remedio. Pero resistirá mientras las fuerzas lo acompañen. Quizás por este mismo motivo, Porta le profesa un especial cariño. El Palanca hace hoy la vida nómada de siempre: vive entre Tor, Os de Civís y Alins, donde tiene su cuartel general. Se le puede ver habitualmente comiendo o cenando en los hoteles Muntanya y Salòria de esta última localidad del Pallars. El autor lo define como una "víctima" más del maleficio de Tor. Como a Pili y a las fadrines.
Si ellos son las víctimas, los perdedores incontestables son el resto del reparto: desde Josep Montané, el Sansa, asesinado en 1995, hasta los secundarios del drama. Marli y Mont, los dos desgraciados que pagaron con catorce meses entre rejas la delación de Gil José, ya no verán jamás el desenlace de este asunto, si alguna vez llega: Marli falleció meses atrás víctima de un cáncer. Había llevado su caso a Estrasburgo porque pretendía que el Estado le indemnizara por sus meses en prisión. Mont también murió: hace cosa de un año, de cirrosis. Con ellos desaparecieron dos de los "hilos buenos" de esta madeja: Porta está convencido de que se encontraban en Tor -"Aunque no puedo afirmar que en el lugar de los hechos", matiza- el día que mataron al Sansa. El otro "hilo bueno" es precisamente Gil José, a quien se le ha perdido la pista, quien sabe si definitivamente.
Y al lado de los supervivientes y de los perdedores, los malos: es decir, Batallé, el contrabandista, personaje tan, pero tan turbio que Porta decidió muy sensatamente cambiarle el nombre para ahorrarse nada hipotéticas represalias: su papel en toda esta historia, dice, "no está del todo claro y quedan huevos por llenar..." La última noticia que se tiene de este pájaro es que fue detenido por una patrulla de Mossos en un control rutinario en Esterri d'Àneu, tras intentar atropellar a un agente en la huida. "Pero atención, que sigue por aquí". El otro malo es Ruben Castañer, el Ruben, que no renuncia a ver convertido en realidad el sueño de convertir Tor es una estación de esquí, y que se ha embarcado en la reescritura de los hechos. Hoy se gana la vida como promotor inmobiliario en Cartagena...

[Esta entrevista se publicó el 5 de septiembre del 2006 en la revista Informacions]